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Humberto Arenal: en las arenas del tiempo

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Waldo González López   para www.TeatroenMiami.com

 

 

Me llegan noticias del atroz enero: Acaba de fallecer en La Habana, ayer jueves 26 a los 86 años, el destacado dramaturgo, narrador, poeta y periodista cultural Humberto Arenal (Premio Nacional de Literatura 2007), quien —nacido el 15 de enero de 1926 en la capital— descollaría en estos géneros, como (sobre todos sus méritos literarios y artísticos) por su extrema bonhomía y calidez vital que lo acompañaron hasta el último aliento.

    Como bien escribiera y publicara una colegamiga, también fallecida en fecha reciente, no poco admiraba el escritor “a cuantos le tratamos a diario, por su modestia y sencillez, virtudes no muy comunes en un espacio tan solicitado por la vanidad y el ego”.

   Mas, como durante los últimos años de su fértil y valiosa existencia de 85, disfruté del azar concurrente de la convivencia (vivíamos en el mismo edificio), quiero evocar cuando lo conocí en la Escuela Nacional de Arte Dramático, en el lejano 1970, a pocos meses de mi graduación en ese centro educacional, hoy mítico al medio siglo de su creación.

    Recuerdo que una tarde, cuando los recién graduados de la Escuela Nacional de Teatro, estábamos reunidos informalmente para crear el nuevo Grupo de Teatro Cubanacán (que tendría breve vida), llegó él y, como al resto de los recién graduados, le presentaron el joven poeta (que era yo) al ya reconocido dramaturgo y narrador, varios de cuyos libros yo había leído.

    Apenas intercambiamos palabras, me cautivaron dos de sus más contundentes virtudes: sencillez y bonhomía, con las que fue inmediata la química establecida entre el autor de una primera novela que, ya aparecida en México, sería publicada en La Habana de 1959: El sol a plomo.

 

ARENAL NARRADOR

Con ella, iniciaba Humberto Arenal su fecunda, extensa e intensa carrera por el complejo mundo narrativo y literario, que se extendería hasta sólo dos años atrás, cuando publicara su última novela Occitania, tras serle otorgado el Premio Nacional de Literatura en 2007.

   En la solapa de su segunda novela La vuelta en redondo (Ediciones R, 1962), confesaba con su sencillez de siempre, que para él escribir no siempre había sido una actividad vital, ya que “en muchas ocasiones ha sido mucho más importante leer, observar, o simplemente vivir”.

    Cierto: observador, perspicaz, minucioso en el detalle que a los ojos de otros pasaría inadvertido, tales cualidades del propio modo sobresalen en su prosa de ficción, pues, su tarea de periodista cultural en el New York de los ’50, le desarrollarían tales facultades, tan apropiadas en dos géneros que realizaría con talento y sucesivos logros: la novela y el cuento.

   Gracias a tales características, con el tiempo daría a conocer otras novelas que irían otorgándole la significación que alcanzara en esta vertiente. Así, verían la luz Los animales sagrados (1967), ¿Quién mató a Iván Ivánovich? (1995), A Tarzán, con seducción y engaño (1996), Caribal (1997) y Allegro de habaneras (2004).

    Del propio modo, irían apareciendo volúmenes de cuentos, tales La vuelta en redondo (1962), El tiempo ha descendido (1963), Del agua mansa (1982), En el centro del blanco (1989) y El mejor traductor de Shakespeare (1999).

 

ARENAL TEATRISTA, DIRECTOR, DRAMATURGO

Durante su etapa estadounidense. el afable creador estudió, en la New York University, artes dramáticas y cine en el Film Institute con el director Hans Richter, se inició en los grupos off-Broadway, con obras en inglés y español y montó en escenarios neoyorquinos Las armas son de hierro, del poeta cubano Pablo Armando Fernández, y el monólogo La voz humana, del francés Jean Cocteau, como más tarde y ya, en La Habana de los 60s, tuvo el orgullo de estrenar la clásica obra de Virgilio Piñera (así lo confirmaría a quien ahora lo evoca con nostalgia): Aire frío, como El filántropo, puso en escena Jesús, empezó a montar Dos viejos pánicos.

    Fue, pues, singular su valiosa y callada labor en las artes escénicas, abarcadora de importantes proyectos durante décadas, entre ellos, la dirección de diversos teatros: el Nacional, el Musical de La Habana, el Lírico Nacional y el Conjunto Dramático de Matanzas, a lo que suma el montaje y puesta de más de 50 obras teatrales de todos los géneros y fue profesor del Instituto Superior de Arte (ISA).

    Mas, aunque la escena fue una de sus pasiones y acciones tempranas, no publicaría piezas hasta una fecha relativamente tardía. Esta etapa la iniciaría El caballero Charles (1983), la continuaría El bárbaro del ritmo en persona (1990), para concluirla otro breve conjunto de piezas concebidas durante los últimos años.

    De tal suerte, en su no extensa creación para la escena, figura, además, un singular volumen destinado a la enseñanza, labor que también realizó en la Escuela Nacional de Instructores de Teatro: Seis dramaturgos ejemplares. Tal sería el título escogido por Humberto Arenal para este volumen también ejemplar, ya que aparecería  (por Ediciones Unión) cuando el país necesitaba, como aún lo requiere, de textos de algún modo didácticos sobre grandes de la escena, las letras y las artes.

     Los dramaturgos escogidos por Arenal son, sin duda, como él bien apuntara en su “Proemio”, “ilustres, consagrados por el talento y la tradición”; Jean-Baptiste Molière, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Anton Chéjov, Ramón del Valle-Inclán, Eugene O’Neill y el ahora centenario Virgilio Piñera.

    Arenal escogería estos por ser algunos de sus dramaturgos preferidos y, de cualquier manera, resultan, en conjunto, una indudable oferta para cualquier lector, toda vez que en estos amenos artículos-ensayos está su experta visión personal con estos autores, como el rigor de abordajes amenos y sencillos, lo que los hace aún más asequibles para los estudiantes y profesores, como para los autores y actores, asesores de grupos escénicos y otros que necesitan (o simplemente gustan) de estos necesarios volúmenes.

   Ya en su “Proemio’’,  Arenal ponía los puntos sobre las íes: de ahí la singularidad de esta suerte de introducción sirva como punto de partida al lector para que, cuando llegue a cada uno de los textos de los seis autores, entre armado del suficiente arsenal. 

    Allí, pues, con su probada sencillez que este crítico le conociera desde 1970, el autor aclaraba enseguida:

 

…esto no es una antología ni un sesudo estudio exhaustivo de dramaturgia. Es una iniciación con la que pretendo estimular la curiosidad y el interés de los lectores para que sigan profundizando en otros libros lo que aquí apenas he esbozado. […] este libro pretende iniciarlos, motivarlos a que busquen lo más sustancial. Esa será su virtud máxima si he sabido hacerlo a satisfacción de ustedes. Y yo me conformo modestamente con eso porque creo que estos libros, de los que yo me he servido mucho durante mi vida, pueden ser esos nuevos amigos, esos guías que nos conducen a territorios más complejos y provechosos.

 

opin01Echadas las cartas sobre la mesa, el lector sabe qué terreno pisará, al tiempo que intuye cuánto placer disfrutará en estas páginas bien pensadas, porque serían escritas por un excelente narrador y periodista, cuya experiencia de tantos años en múltiples órganos de prensa, especializados y populares, le permitiría tal praxis.

    Este crítico reflexionaba, mientras releía las páginas de Seis dramaturgos ejemplares, la necesidad de este volumen en los centros estudiantiles, y recordaba una agradable etapa, cuando dictaba clases de Historia del Teatro, en la Escuela Nacional de Arte (años 70), pues los entonces profesores no disponíamos de textos así, sólo dos o tres, como la Historia del Teatro Europeo en tres volúmenes, escrita por especialistas soviéticos (hoy diríamos rusos), cuyas traducciones que no eran las mejores y otro infaltable, igualmente en tres tomos: La selva oscura, historia de la escena cubana.

    Si me preguntaran cuáles ensayos de Seis dramaturgos ejemplares escogería por su calidad, decidiría, por supuesto, el gusto estético, ya que todos son valiosos, no sólo por su escritura, sino por la documentación del máximo rigor puesta en su empeño por el ahora desaparecido maestro y colegamigo Humberto Arenal.

    Así, me convencieron de inmediato los dedicados a Molière, Chéjov, O’Neill y, por supuesto, Virgilio Piñera. Con ello, de ningún modo, desdeño a mi amado Valle-Inclán. La Avellaneda es otra cosa: a mí, particularmente, no me gusta su teatro, sí, en cambio, sus cartas y novelas, en las que puso, a mi modo de ver, todo su talento, lo que no evidenció en sus piezas escénicas, marcadas por el tufo decimonónico hispano.

    A pesar del encomiable trabajo que realizó en torno a la vida y obra para la escena de Virgilio Piñera nuestro recordado crítico e historiador del teatro cubano Rine Leal, debo remarcar que no poco aporta el ensayo de Humberto Arenal, en tanto posee notables valores, ya que, a pesar de no haber sido amigo suyo, a Humberto le tocó en suerte estrenar Aire frío en noviembre de 1962. Por ello, además, lo definiría con varios adjetivos precisos, contundentes: “humorístico, coloquial, delirante, grotesco, filosófico, absurdo, provocador, inteligente, polémico, evasivo, agresivo… Sí, y mucho más”.

 

ARENAL GUIONISTA

Recién llegado a Cuba, laboraría en el ICAIC, donde coescribió el guión de Historias de la Revolución, primer largometraje de Tomás Gutiérrez Alea, y dirigió tres documentales, como asimismo, en fecha reciente, escribiría, con el actor, director premiere investigador del teatro cubano, Carlos Padrón, el guión para un filme que, sobre la popular cantante cubana La Lupe, por fin no llegó a filmarse. 

 

ARENAL POETA

Su praxis literaria, siempre signada por su firme y noble carácter de hombre “bueno en el buen sentido de la palabra” —para decirlo con su (nuestro) preferido Antonio Machado— le llevaría a publicar su primer y único libro de poesía, tras décadas de ir confeccionando, con la calma que definiera su carácter, un poemario que iría conformándose sin un plan previo, sólo con el deseo de escribirlo, cuando le sonaba ese aviso o ese “chip” que nos pulsa la cuerda lírica a los poetas.

    Así aconteció: en el 2000, el prestigioso narrador y dramaturgo me mostró varios textos poéticos y escogí uno para incluirlo en mi entonces en preparación antología Añorado encuentro. Poemas cubanos sobre boleros y canciones que yo publicaría el año siguiente por las capitalinas Ediciones Extramuros.

    Una de las sorpresas para los lectores de aquella casi antología (de inmediato agotada) fue, sin duda, la aparición del poema “Canción” firmado por el hasta entonces desconocido poeta Humberto Arenal. Asimismo, años más tarde, no menor sorpresa fue para muchos lectores la aparición del poemario La vida en tres tiempos, del entonces reciente Premio Nacional de Literatura.

    En éste, su primer poemario ―publicado por la Colección Contemporáneos de Ediciones Unión―, aparecería, con el nuevo título de “Canto”, aquel texto que me entregara y que ya presagiaba la inaugural faceta del asimismo poeta Humberto Arenal, quien, con la juvenilia que definiera muchas de sus páginas, aquí abordó temas afines a numerosos colegas cubanos contemporáneos, y no sólo a los de su generación.

    De esta suerte, en las páginas de La vida en tres tiempos, mi caro amigo asumiría el amor y la amistad, la vida y el futuro, así como otros temas afines en los que siempre descuella una visión tremolante de sueños y esperanzas.  

    Con extrema sencillez, el poeta Humberto Arenal recogería los dictados de su propia vida, esos que iría grabando a lo largo de sus ocho décadas y media de fértil existencia, dados a conocer en este “mínimo, pero intenso breviario”, tan vital como convincente, según le definí al también querido vecino.

    Un ejemplo, por su eficacia coloquial a toda luz lo integran los siguientes versos de “Clamor”, en tanto nos convocan a la prístina sencillez de la genuina poesía de siempre, esa que no requiere de engañifas ni complejidades innecesarias, porque se vale de la verdad y la razón, como del sutil lirismo que llega a muchos, no a unos pocos:  

 

Oigo mi voz este día

oigo tu voz y la mía

oigo mi voz que no oía.

Oyes en la lejanía

oigo sin tu cercanía

oye tu voz a la mía

que ya no son tuya y mía.

Oyes si buscas la mía

Oigo si estás este día.

 

 

DE LA AMISTAD

Amante de la verdadera amistad, cultivador de los mejores amigos, Humberto Arenal daba fe aquí de ello, comprobable en el siguiente poema, donde aflora tal sentimiento o, mejor llamarle (por ser más que necesaria en el difícil curso de la existencia), esta rara y necesaria virtud que él poseyó, como uno de sus mejores galas, a lo largo “Del río de la vida”:

 

Los amigos no se escogen

ni se anuncian

aparecen en el camino

como piedras rodantes

en un indetenido río

tan callados como una nube de verano

tan leves como el agua de la vida

en que transitan.

Los amigos son buenos o malos

ya se sabe

permanecen o se van

y algunos pocos quedarán

hasta el final de los días.

 

humberto arenal 2LO COLOQUIAL: LO JUSTO

Cierto. Un bien guiado coloquialismo rige el verso del autor en este volumen, donde Arenal se alineara con los poetas de su promoción, integrándose de tal suerte a la denominada Generación del 50 que reúne a sus colegas surgidos en tal década  y que integran, entre otros, los hoy Premios Nacionales de Literatura Carilda Oliver Labra y el también dramaturgo y narrador Antón Arrufat, como el más coloquial, el infaltable Rafael Alcides.

    Como bien apunta en la nota de contracubierta, la también poetisa Zurelys López Amaya, este libro “recoge en tres tiempos lo mágico de su vivir en estos años: el amor, la familia, los amigos y el respirar absoluto que aporta a su filosofía personal la claridad del lenguaje coloquial.”

    Así, los lúcidos versos de La vida en tres tiempos, como su fraternal autor, quien con a lo largo de sus cercanas noventa décadas iría creciendo para ser, desde décadas atrás, un valioso dramaturgo, un escritor de fondo, un poeta de esencias y presencias que, por ello, escribió sus versos en las imborrables arenas del tiempo: el inolvidable Humberto Arenal.

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