Category: Waldo Gonzalez
Por Waldo González López
Poster: George Riverón
«Un pueblo que ni siquiera existe.»
La Prostituta
Una nueva puesta de Yoshvani Medina invita a visitar su breve pero muy funcional sala de ArtSpoken, más aún si la obra en cartelera es de la autoría de uno de sus dramaturgos preferidos, tan pinareño y cubano como él.
Se trata de otra pieza del dramaturgo, narrador, poeta y editor Ulises Cala, que una vez más toma a su cargo el director que le ha dado resonancia internacional al destacado escritor residente en la más occidental de las provincias cubanas, pues ha sido justamente el también laureado autor Yoshvani Medina quien ha montado no pocas de sus piezas.
Asimismo, Yoshvani estrenaría sus obras Los dictados del fuego (2010), El dado Job (2010), Yerma (2011) y Rosita (2011). Además, en el diciembre miamense del 2011 —durante el exitoso I Festival Internacional de Obras de Pequeño Formato— estrenaría Eróstrato —interpretada por el actor costarricense John Chávez— y Las hijas, versión de La casa de Bernarda Alba, de García Lorca (como parte de la trilogía de Cala, que también integran Yerma y Rosita.
Desde la primera (Ciertas tristísimas historias de amor, en 2008), hasta Una muchacha con la cabeza llena de pájaros que —tras resultar finalista en el Concurso Internacional de Dramaturgia Innovadora, en el Madrid de 2005— es el más reciente estreno y una de las más sólidas propuestas de la cartelera escénica miamense, en cartelera desde dos semanas atrás, actuada por los destacados intérpretes de la TV Rosalinda Rodríguez, Natalia Ramírez y Gabriel Porras.
DE LO REAL MARAVILLOSO Y EL REALISMO MÁGICO
El propio Medina ha definido la atractiva y nada común obra como un thriller psicoerótico. Creo que —al margen de precisiones y fichas estilísticas— la pieza de Ulises Cala se adentra en el genuino micro (y macro)mundo del narrador más profundamente mexicano: el asombroso creador Juan Rulfo, al que apenas le bastaron dos libros de narrativa (la novela Pedro Páramo y el breve conjunto de cuentos El llano en llamas), para insertarse por derecho propio en el panorama de las letras, y no digo sólo aztecas, sino universales.
A nivel de texto, la puesta de Una muchacha… explota con talento el mágico orbe rulfiano para —gracias a la lograda atmósfera de clausura y ahogo— combinar/imbricar planos, contextos, situaciones, a un tiempo, suerte de entelequias que se cruzan y entrecruzan con logrado aliento catártico.
La fantasía literaria y teatral se funden hasta confundirse en una atmósfera ambivalente, mixturada en un continuo adelanto-retorno, avance-regreso, entrada-salida de la realidad tan irreal, como la irrealidad de lo real, a la vez, siempre inesperada, como acontece en la propia vida, donde en cualquier esquina de la ciudad, de la nación y del mundo, nos puede acontecer (y de hecho, sucede) el otra vez inesperado hallazgo de la magia de la existencia.
Estas situaciones sólo son posibles en el contexto De lo real maravilloso, original tesis planteada por el no menos universal Alejo Carpentier en el prólogo a su fundacional novela El reino de este mundo (1949), en tanto —según el brillante autor de El siglo de las luces y Concierto barroco, entre otras decisivas novelas— la factura mágica (recordar el «vuelo» de Ti Noel en El reino…) de estos hechos le advirtieron al narrador sobre la fruslería de las poco creíbles hipótesis surreales de André Breton, vertidas en el primer Manifiesto surrealista, pues tales fenómenos sólo ocurren en la que denominara José Martí «nuestra América».
Asimismo, el realismo mágico, que ya presagiaban —mucho antes que aparecieran en los ’60 García Márquez y su Macondo— el narrador y poeta cubano Félix Pita Rodríguez en su fabuloso pueblo latinoamericano San Abul de Montecallado (que diera título a su primer volumen homónimo, publicado en el México de 1945), como en su posterior Tobías (La Habana, 1955), como el uruguayo Juan Carlos Onetti y su también mítica ciudad de Santa María, que por primera vez aparece en sus cuentos de La casa en la arena (1949), como en su posterior novela La vida breve (Buenos Aires, Sudamericana, 1950), a partir de los que transcurrirá la acción de la gran mayoría de sus nuevas novelas y cuentos.
UNA PUESTA SINGULAR
Por su ardua complejidad, la puesta impuso preparación física, voluntad y energía de los actores, en especial de Gabriel Porras quien, en su policía Justo, evidencia tal brío, observado en los complicados movimientos que desarrolla en el breve espacio del escenario-jaula.
Tanto el conflicto, como las transiciones y la cadena de acciones físicas son desarrollados con acierto por Porras, como por Natalia Ramírez (El Ángel) y Rosalinda Rodríguez (La Prostituta), recién premiada por el jurado que —compuesto por la primera actriz cubana Ana Viña y los críticos Baltasar Santiago Martín y quien escribe el presente artículo— decidiera los lauros del I Festival Internacional de Obras de Pequeño Formato,
Insisto en el desempeño del trío de actores, como en otros logros. El lucimiento de los intérpretes merece el destaque: la entrega «angelical» de Natalia (quien parece levitar por el micro escenario: esa angosta jaula, suerte de metáfora del encierro a que alude la excelente escenografía de George Riverón (responsable de la lograda dirección de arte); la organicidad ya habitual de Rosalinda (cuya entrega vence y convence al crítico por su excelente actuación), y la credibilidad lograda por Porras (que en todo momento parece va a saltar fuera de la jaula-escenario a asesinar a alguien del público): tales son las virtudes de sus respectivas creaciones.
LO TEATRAL/CINEMATOGRÁFICO
Puesta de alto tejido escénico y, en consecuencia, cinematográfica, evoca por su excelencia, a uno de los mejores momentos de la escena habanera de los últimos años: la excelente Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, de Azama, a cargo del talentoso Carlos Celdrán, cuyo montaje recuerdo al visionar esta no menos magnífica puesta de Medina, y debo apuntar que ambos directores no se conocen.
Como ya mi admirada colegamiga Julie de Grandy apuntó lo coreográfico-actoral de los actores, como la función minimalista de la puesta (que ya se va haciendo común en los montajes de Medina, añado), no insistiré sobre ello.
Debo anotar otro tanto en Natalia Ramírez, quien interpreta con lograda afinación, las canciones integradas a la banda sonora del experimentado Tonit Mir.
Por último, sólo me resta sugerir, a quienes aún no han visionado la más reciente oferta de Yoshvani Medina y ArtSpoken, que no deben perderse esta entrega de indudable calidad.