Category: Waldo Gonzalez
Por Waldo González López – www.TeatroenMiami.com
Fotos - Alfredo Armas
¿Cuántas puestas de Bodas de sangre habrá visionado aquel graduado en la Escuela Nacional de Teatro, luego profesor de Historia del Teatro y, desde décadas atrás, crítico que, ahora mismo, escribe sobre una de las más atractivas propuestas presenciadas este año, gracias al abordaje de asunción posmoderna, acorde con los tiempos que corren?
Él no podría evocar a cuántas asistió, pero sí recuerda las pocas que le motivaron un comentario, señalando lo meritorio o novedoso. Y entre esas, hay en particular una de valía para quien tuvo la suerte de apreciar las puestas lorquianas, a cargo de la infaltable actriz y realizadora Berta Martínez, Premio Nacional de Teatro, responsable de una espléndida Bodas de sangre (1979), como de otras exitosas representaciones de las tragedias del gran poeta andaluz, tales Bernarda (1970) y La casa de Bernarda Alba (1972), como de la no menos hermosa «farsa violenta en dos actos» La zapatera prodigiosa (1986).
La evocación de la estética bertiana viene a colación, porque la reciente Bodas... (en magnífica versión libre de Raquel Carrió y excelente puesta de Lilliam Vega), llevada a escena durante dos fines de semana en el Teatro Trail, cautivó al numeroso público miamense que salió, sin duda, más pleno, tal acontece en el arte cuando es auténtico.
Cierto. En tal éxito percibo la afinidad de honda belleza de esta magnífica versión, con la que, en 1979, realizara Berta, quien —a partir de una rigurosa conceptualización, apoyada en la luz, la música y el espacio— dotó a sus visiones/versiones de un impactante lirismo, por el que devendría antológica.
Sin duda, esta versión libre de Raquel Carrió —destacada dramaturga y profesora del Instituto Superior de Teatro (ISA)— fue uno de los elementos determinantes de su recepción entre los espectadores latinoamericanos en Miami, no tan habituados a los valiosos planteos de cariz posmoderno.
Justamente, gracias a su ya no proposición vanguardista (término obsoleto), mas sí novedosa apropiación de la clásica tragedia, Raquel Carrió, junto a Lilliam Vega (quien la define como «una historia de amor, muerte y esperanza»), con su talento, lograron donar al mundialmente conocido legado lorquiano una diferente oferta que, en sentido general, resulta convincente en su ambiciosa conceptualización.
UNA VISIÓN POÉTICA, PLÁSTICA Y MUSICAL
Tal es la que nos ofrecen ambas teatristas en este poema plástico y musical —como prefiero calificarlo—, toda vez que el lirismo y la plasticidad no solo contribuyen sino determinan el muy hermoso resultado que se agradece al equipo actoral y técnico por el genuino arte logrado.
Con diversos cambios que favorecen los distingos y apoyan —a partir de cuadros que, en otra vuelta de tuerca, develan la esencia escénica— su discurso de alto nivel estético, para constituir un notable momento, ya ubicado, por derecho propio, entre los mejores espectáculos presenciados en Miami hasta la fecha en este 2012.
Se trata, pues, de un intenso ceremonial que viaja a los orígenes para —válida alegoría y exacta síntesis, mediante— eludir lo innecesario y aludir a lo cardinal, en pos del hybris o cólera: ese desequilibrio que, en sumo estado emocional, alcanza un grado de irracionalidad de impredecibles consecuencias.
He aquí, a mi modo de ver, el necesario detonante de violencia siempre presente en la tragedia, de Esquilo a Lorca y en esta ocasión muy bien asumido por el bien escogido elenco, en particular, por tres personajes: la incambiable «Madre», de Marta Velasco, la convincente «Silveria» (augur/mendiga/luna) de Rocío Carmona y la apasionada «Mujer de Leonardo», de Marisol Correa.
Arriba escribí «un hermoso resultado». En consecuencia, no puedo ni quiero dejar de mencionar, por su calidad y su gracia, el (casi escribo genial) monumental desempeño de Marta Velasco, sin cuya esplendente actuación la puesta no tendría la altura alcanzada.
Hay que disfrutarla en su rabia contenida, cuya experiencia le dictó a la gran actriz que no necesita gritar, sino contener la ira, y en ese grito callado, mordido, está la brillantez de su entrega. Y ello logra a la perfección esta Señora de las tablas, a la que recientemente el crítico disfrutó, junto a otra excelente intérprete, Isabel Moreno, en otro alto instante de las tablas miamenses, dirigido por el experimentado Marcos Casanova: Arpías, penúltima puesta con la que el Teatro 8 presagió su despedida, ocurrida sólo días atrás.
La «Silveria» de Rocío Carmona es otra criatura que —hechicera y fabulosa, tan real como la imaginería lorquiana y la cultura andaluza en que se formó— incluida por la Carrió, resultaba necesaria en su creativa versión. Se trata de una intérprete cuya fabulosa imago (para decirlo con Lezama Lima) es sorprendente, no solo por la caracterización-transformación a que es sometida la actriz, sino por la dimensión obtenida por su meticulosa labor.
Rosalinda Rodríguez acude a su praxis de inagotable continuidad para ofrecernos en «Adela», su doble ángel de simpatía/empatía que contrasta en esta y otras de sus numerosas representaciones escénicas, con las que continúa acrecentando su incansable quehacer.
Quizás el hecho de verlos más en sus asiduos desempeños en telenovelas, el crítico nota más apegados a tal medio a la «Novia» de la etérea Sonya Smith y al «Leonardo» de Gabriel Porras, pero cuyos desempeños en las tablas el crítico aplaude, en primera instancia, por su inteligente actitud: al ignorar lo que en otros resulta el vanidoso bulto de la efímera popularidad, en ellos es lúcida invitación al necesario objetivo de superarse en la escena, pues bien saben que el Teatro es escuela y razón de ser de la actuación, como han reconocido los más grandes intérpretes que en el mundo han sido.
Ciertos registros un tanto apagados en la voz del experimentado Orlando Casín, aunque no dañan su valiosa labor, limitan una mayor y mejor audición del actor, cuya extensa trayectoria en la TV cubana, ahora también y por fortuna ha sido ganada para las tablas.
UNA NUEVA Y VALIOSA LECTURA
Sin duda, esta fue la ofrecida por la directora Lilliam Vega y la dramaturga Raquel Carrió, hija y colaboradora, respectivamente, de la Premio Nacional de Teatro, Flora Lauten, directora general y artística de Buendía, una de las mejores compañías cubanas cuya trayectoria, como grupo y escuela, ha ofrendado un plausible legado no solo a la escena cubana de las últimas décadas, sino a la cultura de la Isla.
Junto a ambas talentosas creadoras, un amplio y eficaz equipo hizo posible esta suntuosa puesta-homenaje en el aniversario 114 del nacimiento del poeta. En ese inmejorable trabajo colectivo (como debe ser toda auténtica creación para la escena) resaltan, además, la inmejorable música original que, como un personaje más, creara Héctor Agüero Lauten, quien además la interpreta al piano y en la guitarra, acompañado por cinco músicos y la valiosa agrupación «Los niños cantores de Lavapiés»; el sugestivo diseño de luces de Richard Rodríguez, como el apreciable diseño y la válida confección escenográfica a cargo de Alejandro Galindo y Abel Remón, sin olvidar la magnífica conjunción de movimiento y danza (cardinales en la puesta) ofrecidos en la precisa coreografía de Rubén Romeu, quien logra brillantez en varias escenas.
Para ellos y el resto de quienes conformaron el muy profesional team work (actoral y técnico de Ingenio Teatro) de esta memorable puesta, la cálida felicitación del crítico, quien deviene portavoz de los muchos que esperan el retorno de esta aventura apasionante: Bodas de sangre al Teatro Trail, tal diría Peter Brooks, el espacio (nunca) vacío de la buena escena.