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Elogio de Virgilio

 

cubanos-virgilio-lopez-lemuPor Waldo González López – www.TeatroenMiami.com

 

Quien escribe se precia de tener buenos amigos. Y entre ellos hay varios colegamigos, poetas. Entre éstos, está Virgilio López Lemus o, simplemente Virgilio, que así lo llamamos quienes no sólo somos sus colegamigos, sino todos los que admiramos su intensa y extensa obra a favor de las letras hispanoamericanas, y no sólo cubanas.

   Lo conocí, si mal no recuerdo, en el ya lejano 1973, cuando los dos participábamos en la Primera Bienal de Poesía de La Habana. Este inusual hecho cultural y poético (que lamentablemente no se repetiría, a pesar de lo exitoso de su idea) sirvió para que muchos entonces jóvenes poetas nos conociéramos y, en nuestro caso, iniciáramos una válida y sólida amistad que, por fortuna, continúa casi 40 años después, aunque quien ahora escribe reside desde julio del 2011 en Miami.

   Luego vendría por fin su primer poemario Hacia la luz y hacia la vida (1981), que comenté poco tiempo después en la ya hoy casi desaparecida Revista de la Universidad de La Habana. Y llegarían otros encuentros, muchas conversaciones y no pocas lecturas de poemas, todo lo que entonces los que éramos tan jóvenes solíamos hacer. Asimismo, la amistad seguiría creciendo, como nuestras obras, como nuestra poesía y como los años, porque el tiempo, como canta Pablo Milanés, siempre es el implacable. Y creció Virgilio como ensayista, hasta el punto de convertirse en uno de los más valiosos de nuestra generación.

   Por ello, una simple ficha de su obra, cuenta que: Virgilio López Lemus nació el 22 de octubre de 1946 en la espirituana Fomento. Algunos de sus poemarios son: Hacia la luz y hacia la vida (1981), El pan de Aser (1987), La sola edad (1990), Cuaderno de Macedonia (1992), Palazzi della memoria (Italia,1994), Cadernos de otredad (Brasil, 1994), Concierto español (España,1994), Cuerpo del día (2000), De sí mismo (2001), Beatus Ille (España, 2003), La Eterna Edad (2004) y Un leve golpe de aldaba (2006). A ellos, añado sus antologías personales Un leve golpe del aldaba (2006) y Cauteloso verano (España, 2007), entre otros de sus múltiples volúmenes.

    Como ensayista e investigador literario, ha publicado, entre otros libros: García Márquez: una vocación incontenible (1982, 1987 y 1990 en ruso), Palabras del trasfondo (1988), Samuel o la abeja (1994), La imagen y el cuerpo: Lezama y Sarduy (1997), Juan Marinello: la palabra trascendente (1998), Dulce María Loynaz. Estudio de la obra de una cubana universal (2000), La décima renacentista y barroca (2002), Eros y Tanatos. La obra poética de Justo Jorge Padrón (2002), Aguas tributarias (2003), Oro, crítica y Ulises o Creer en la poesía (2004).

    Tuvo a su cargo la selección y el prólogo de Doscientos años de poesía cubana, 1790-1990. Cien poemas antológicos (1999). Como ensayista de la estrofa nacional, ha dado a la luz: Panorama breve de la décima en Cuba (1995), Décima e identidad. Siglos XVII y XVIII (1997), La décima constante. Las tradiciones oral y escrita (1999) y La décima renacentista y barroca (2002). Por tanto, por todo, yo me referiré a dos de sus poemarios y a uno de sus estudios sobre la décima.


Hacia la luz y hacia la vida

    Hay libros que llegan para quedarse. El verso, sobre todo, si permanece es porque muestra la firma, popular materia de que ha sido hecho: «La poesía—dijo Martí—es durable cuando es obra de todos.» O sea, si resulta reflejo, rico y vivo, de ese pueblo que la hace posible. Por ello, el inolvidable Antonio Machado ascender hasta Él y decía: «Escribir para el pueblo, ¿qué más quisiera yo?»

    Y fue precisamente la poética machadiana la que mejor ilustró los sueños y ansias del hombre español de su tiempo, en quien vislumbró lo que venía: Mas otra España nace, / la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza.” Esa España “de la rabia y de la idea, por la que luchó, ya viejo, el gran poeta durante la República y por la que murió en el sórdido exilio francés de Colliure.

   Machado ha sido y es una de las lecturas de cabecera de poetas de varias generaciones. Su verso —siempre joven— es cauce inacabable de vigor y lirismo, de belleza y libertad. Es el suyo un canto a la vida y a la naturaleza en todas sus manifestaciones. Insuperable es su poema «A un olmo seco», expresión brillante de su poesía impar. Justamente un verso de ese antológico texto ha servido de título a un hermoso cuaderno poético publicado por Letras Cubanas: Hacia la luz y hacia la vida, de Virgilio López Lemus.

Virgilio Lopez Lemus   El aliento machadiano es, ante todo, decisivo en el quehacer de López Lemus. Desde el título y el epígrafe que justifica aquél y sirve de colofón a su poética, Hacia la luz y hacia la vida evidencia el peso ejercido por el tremendo lírico hispano en el joven creador, quien en diversos momentos de su libro alude o rinde homenaje al autor de Campos de Castilla: «...y un golpe seco, muy serio» es uno de los tantos versos en que se advierte la huella del poeta mayor.

   Pero hay también aquí —y no menos, por cierto— la asimilación de la poética (cubana y antillana, latinoamericana y universal) de José Martí: ...del mundo quisiera irme / y entre lo puro y lo noble», nos dice en «Robles-encinos»; y en «Más de la ciudad»: ... se evoca o se olvida, / todo es luz, es hermoso»; o, ya abiertamente, en «Martianas, paráfrasis de acierto en el volumen.

    El cosmos poético de López Lemus, esto es, su carga o caudal de lecturas que han sedimentado en su obra, se descubre, además, en instantes en los que sutilmente ofrece sus claves líricas fundamentales: Ballagas («de blanco interior», en «Pinos»), Lezama («con una espuela de plata», en «Jiquí») y otros creadores cubanos cuyos versos sirven de epígrafe a diversos textos de Hacia la luz y hacia la vida.

   Ahora, lo que más resalta en este finísimo cuaderno es la voluntad de estilo de su autor, quien emplea con rigor y oficio poco comunes en la poesía cubana de hoy los difíciles recursos poéticos y las no menos arduas formas métricas —inmortales— de la tradición: romances, décimas, sonetillos y otras que resultan, de alguna manera, innovaciones siempre a partir del octosílabo preferido por López Lemus, en el que, por otra parte, se aprecian mejores resultados en la espinela, con lo que se une al numeroso grupo de jóvenes poetas que, desde la década pasada, experimentan y trabajan con seriedad dicha estrofa: Osvaldo Navarro, Renael González, Luis Toledo Sande, Luis Beiro Álvarez, Anilcie Arévalo, Efraín Morciego, Roberto Manzano, como los desaparecidos Miguel Bruzón, Raúl Hernández Novás, Alberto Pedro Torriente y Alberto Serret entre muchos otros que se escapan de la memoria.

   Hablaba de este poemario —casi decimario por el número de estas composiciones, que son la mitad del libro— y decíamos «finísimo». No cabe duda: López Lemus es un poeta suave y murmurador. En su verso no hallamos el grito épico ni la pasión erótica, mucho menos la desnudez coloquial; se trata, en suma, de una poesía que, sin mengua del firme empaque, depura y concentra la expresión, siempre enriquecedora como la suave brisa de mayo que sentimos en algún texto. Bien vale la pena reproducir la tercera décima de «Soy sincero», con la que cierra el cuaderno y da al lector su acto de fe, su poética: El golfo de donde salgo / no es de mar, sino de viento, / traigo resuelto el aliento / y sé de amor lo que valgo. / Si quiero dejarle algo / al cielo, al mar, a la tierra, / no es duro canto de guerra, / sino murmullo de río; / soy un tenue murmurío / en donde el orbe se encierra.» Esta es la tesitura de su voz, su dulce y apacible canto en el que el poeta recuerda, querencioso y melancólico, su «pueblecito en la brisa»: «... ¿qué ha pasado? / ¿Todo ha quedado en el viento? / ¿Quién me ha puesto el sentimiento / allá lejos, tan dorado?

   Hasta el amor se presenta así: bien en su expresión bucólica, hispanocriolla («Campesina mía»), bien «... a la sombra de las gaviotas» («Del amor, del mar y el cielo»). Es, pues, una poesía de delicadas sonoridades, de cuidadas cadencias, de suma ternura. Toda la belleza de la vida la capta con su, repito, finísima sensibilidad, el poeta. Nada escapa a su despierta, más bien amable, mirada. Y el objeto es atrapado, con atildado gesto de luz y brisa, por el sujeto: «Qué tímida es la semilla que la ceiba nos ofrece; / así pequeña y sencilla / resulta una maravilla, / saber que en tus ojos crece.» («Ceiba»).

   Hacia la luz y hacia la vida, en fin, ejemplifica y testimonia la eficacia y el rigor alcanzados por la promoción de su autor; lograda muestra de ese quehacer para Virgilio López Lemus, quien aún debe entregar mucha más poemarios.

"De aquel que fui, de aquel otro..."

    Más conocido como fecundo investigador y ensayista por sus valiosos libros publicados sobre diversos temas, es sin embargo la poesía la que ocupa el centro de los estudios de Virgilio López Lemus. A sus formidables buceos ensayísticos sobre García Márquez, Samuel Feijóo, Lezama Lima, Severo Sarduy, Dulce María Loynaz o Justo Jorge Padrón y la poesía coloquial, hay que añadir quizás su mejor entrega, recogida en cuatro volúmenes monográficos dedicados a la investigación y el análisis de la décima, que constituyen el más consecuente y riguroso esfuerzo realizado hasta la fecha en Cuba.

   Habría que añadirle, además, a su incansable labor investigativa su serio trabajo como antólogo de la poesía cubana, otro rubro no menos complejo que le ha permitido entregar ocho colecciones.

    Ya en su primer poemario (como vimos atrás), Hacia la luz y hacia la vida, Virgilio tomaba partido por las difíciles formas métricas de la tradición hispánica, a las que luego volvería en los siguientes volúmenes que publicaría, sin olvidar el verso libre que ha sido hasta hoy la expresión más concurrida por él. Así acontece con Cuerpo del día, donde muestra el dominio de las estructuras clásicas, tal se corrobora una vez más en este volumen, donde incluye además excelentes sonetos, otro conjunto estrófico al que ha vuelto en esa ocasión.

    Su verso, rimado, medido o no, se caracteriza por lo definitorio y conceptual. El aliento filosófico en este volumen se acentúa, algo lógico en un autor que, a los 54 años, mira atrás por sobre el hombro y escruta con hondura en la lejanía --gracias a la aguda mirada que le ha aportado lo vivido--, donde descubre los atisbos de la existencia, como estrellas fugaces que le ha ofrecido el mundo, algunos desechados, otros aceptados en su cotidiano discurrir y algún sentido metafísico en el que insistirá en el futuro.

    Su praxis vitalicia, condicionada por una vasta cultura, se refleja en su poesía que, si en los primeros poemarios resultaba más contemplativa, luego con los avatares de la vida, se iría transmutando en razón y corazón, esencia y sustancia. El poeta, con tal experiencia resumida, siente ahora el aire transformador, mutable como el sordo tiempo en la noche de la solead, y confiesa, en el excelente poema "Lar": "El viento bulle en las salas del alma. / El silencio se apaga en el silencio."

Justamente, a este texto le sigue "Soledad", otro momento de valía en el libro por su insólita autenticidad reveladora que nos sacude: Te vas quedando solo. / Apoyaste todo tu amor en los ancianos / que te sonríen y luego se marchan. / Escribiste páginas borrables / y poemas de corta duración, como tu vida. / Ni los libros leídos ni los más amados / estarán contigo allá, que es dónde. / Abiertamente solo, vas pensando en la noche, cómo engañar a la soledad / con un monólogo, con un aplauso.

   Y más adelante, otros versos vuelven a remover al lector, porque en ellos el autor nos musita al oído verdades que sólo se aprenden con ese haber vivido incambiable y distinto para cada uno, pero como un tesoro para todos. Se trata de "Monólogo": He dejado demasiadas huellas: un poco de sangre, una foto donde estoy / asombrado... (...) / Quizás lo mejor fuera el olvido: / un hombre como todos, que trabaja / y que procrea / o que, sin hijos, se hunde sin recuerdos. / No he querido hacer mi biografía: / sólo soy aquel que parpadea / a la orilla final del paraíso.

Experiencias y especulaciones, viajes y amistades nos revela Virgilio López Lemus en este poemario de pasiones y confesiones, de sentires y decires, de esencialidades sustanciosas. Mientras otros se afanan por deslumbrar a algunos incautos con naderías ¿formales? que nada aportan, este poeta, por fortuna, nos ofrece en Cuerpo del día un sensible compendio de su vida, a la vez que un esbozo de sus temas preferidos.

   Como es lógico en quien ha dedicado tantas horas y páginas a la divulgación de la décima, ésta no podía faltar en su más reciente poemario. Y aunque en 2001 apareció su primer decimario por la tunera Editorial Sanlope, De sí mismo (reeditado en fecha reciente), aquí hay una breve pero sólida muestra de su quehacer en la estrofa nacional.

    Diez décimas integran el volumen, nueve de ellas en “De otro ser” y otra en “Virgen de la Merced”. Quiero obsequiar a los lectores la cuarta del conjunto que conforma “De otro ser”, donde se corrobora su voluntad confesional con fino lirismo que acentúa su expresión: “Conmigo a veces conversa / un no sé qué de las brumas; / son mareas, como espumas / que me contagian su fuerza. / En tan sensación diversa / yo siento que yo soy otro; / voy caballero en un potro / cuya faz será la ignota / faz que me guía: la nota / de aquel que fui, de aquel otro.


cubanos-libro«Misterio de los misterios»

    Así define la vida el colegamigo Virgilio López Lemus en la décima "Punto final", cierre de su libro. Tras años de intenso y extenso laboreo, el también autor de otros volúmenes ensayísticos de no menor significación en torno a la estrofa, cuyo máximo exponente era hasta 1999 La décima constante. Las tradiciones oral y escrita, ahora nos entrega con este exhaustivo estudio la más puntual, rigurosa y amena investigación y ensayo a un tiempo que, sobre el tema, conozco hasta el momento.

    La prolija editora y también estudiosa de la décima, Mayra Hernández Menéndez -a quien el autor agradece "su profesionalidad, conocimiento de los temas y el cuidado de tantos detalles del libro, mejorados por su mano"-, al margen de definir con razón al autor como "experto", en la nota de contracubierta informa al lector sobre aspectos que hallará en lo que igualmente deviene "un ensayo de versología".

    Y tal es la enjundia del excelente volumen que es La décima renacentista y barroca, suerte de valiosa vivisección, investigación mediante, de la querida viajera peninsular, según la definiera Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí. A lo largo de dos intensos y extensos capítulos, estudia con no común profundidad los siglos XV y XVI con sus particularidades y el Siglo de Oro en sus figuras decisivas, como entre otras, Fray Luis de León, Fernando de Herrera, Lope de Vega, Góngora, Cervantes, Quevedo, Tirso de Molina, los hermanos Argensola, Calderón de la Barca y sor Juana Inés de la Cruz.

    Con el rigor a que nos tiene acostumbrados en sus anteriores ensayos sobre figuras cubanas y españolas calve para la poesía —así, los ya mencionados, dedicados a Lezama Lima y Severo Sarduy, Dulce María Loynaz, Justo Jorge Padrón y la llamada Generación del Cincuenta—, mete baza a fondo y, con la amenidad y pasión de siempre (otro mérito suyo que me hace preferirlo a otros colegas adormecedores), ofrece una notable riqueza expositiva y conceptual, y originales esquemas que le aportan excelencia a su labor científica, como el resultado general de este "inigualable aporte a la historia de esta estrofa en el ámbito hispanoportugués", para decirlo de nuevo con la editora, solicitada por el autor para esta edición, primorosamente publicada por la Editorial Pablo de la Torriente.

    Como el rey frigio de la leyenda, tal un Midas tropical, todo lo que escribe Virgilio López Lemus en poesía y sobre la décima, lo transforma en áureo regalo para los lectores inteligentes. Así, este volumen de alta valía constituye, desde ya, un material de inapreciable consulta, al que todos los que amamos nuestra inmortal estrofa volveremos una y otra vez.


VARIOS POEMAS DE VIRGILIO LÓPEZ LEMUS

    Para concluir, añado varios textos del poeta, ensayista, crítico y profesor cubano, quien, por su relevancia literaria, entre otros recientes reconocimientos del más alto nivel, el seis de noviembre de 2010, el Dr. Virgilio López Lemus (Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, Cuba) ofreció la conferencia “Corrientes de la poesía  cubana entre 1959-99” en la Conferencia Anual de la Asociación de Profesores de Español y Portugués (Capítulo de Canadá), también integró el jurado de la más reciente edición del Premio Pablo Neruda, en Santiago de Chile, en este 2012.

 


EL POEMA

 

No me gusta que me escriban en papel que se muere.

El papel que se fuga entre los dedos

no merece la carta ni el poema;

el papel que se muere no es papel

para el desempeño de la vida.

No merece la palabra el papel falleciente,

el papel sin olor y sin colores,

el papel que jamás nadie interpreta,

el papel que se arruga al contacto

de la más simple mano, de la más delicada.

No me gusta desempeñar papel de muerto.

Los papeles que se mueren de escritura

sirven ni un poco para escribir te quiero...

 

 

MUERTE DE MI PADRE

 

Llegó por fin el ángel de mi padre

con su finísima trompeta imperceptible

y lo llevó con él a Dónde, a Todavía.

 

Se ha muerto esa mañana de diciembre

como la sombra que era ya su sombra

y sin decirme adiós un beso dio al Destino.

Se consumó, se consumió, salió

tan rápido, que apenas dejó un poco

de su precioso tiempo de dolor

y, plácido, surcó o ancló su cuerpo

en el silencio hondo, incomprensible, ciego.

 

Mi padre, en el arquero de un sueño,

tensa la cuerda y vibra con el arco

en tanto sale su flecha veloz

hacia el dulce rumor de la Nada...

 

 

CUERPO DEL DÍA

 

Creo en la grata mansedumbre de una manzana.

Y si de creer se trata, yo creo

en el día de Dios repartido en el cosmos

como un abanico que se abre

y cuyos rayos son caminos, tumultuosos caminos

por los cuales se despeña el hombre.

Creo en la santísima voluntad de estar

vivo donde estoy, bajo el fatalismo

de haber nacido una vez y dirigirme

hacia la muerte, sitio irreal, inconcebible,

donde es imposible permanecer.

Creo en la soledad del dulce sueño erótico

en la casa rodeada por el sueño y la soledad

en cuyo interior converso con el aire.

Creo en la virgen del retrato, en la madona

rodeada por la fuente, en la estatua

que eres tú, cuerpo del día, en el que creo

con todas las fuerzas de mi vida.

 

 

OJITOS DE MIOPE

 

Con esos mismos ojos miras al través

de la ventana, y ves el movimiento

efímero y eterno.

Con esos mismos ojos desnudaste

el cuerpo y sus prodigios,

el paisaje estelar.

Te sirvieron como peces,

te abrieron los caminos.

Mira cómo miran las distancias,

cómo observan el amor.

Despertaron tu sed,

demudaron tu silencio.

Son expresivos como cuencas de estrellas

y aunque los encierres con cristales

mirarán, mirarán,

mirarán

toda la vida.

 

 

ESPACIO

 

Escucha: qué silencio, qué silencio.

Me abraza el silencio como un padre

y como un padre de muerte me circunda.

Ni siquiera el sonido de las aguas.

Si cantara tres veces algún gallo.

 

Qué silencio, Dios mío, cuánta espuma

de tiempo se agolpa en la tristeza.

Ni siquiera el rumor de los espejos.

Un silencio absoluto de campana

sin vibración primera, sin el viento

que conversa entre hombres y árboles.

Qué soledad se junta en el silencio.

Escucha: qué silencio, qué silencio...

 

 

BREVE TRATADO SOBRE EL SUEÑO

 

Yo no digo que

la vida es un sueño

sino que sueño la vida

y vivo el sueño

tan intensamente

tan intensamente

que confundo la realidad.

 

EL CIERVO

 

Hundirme en tu belleza

tan hondo, tan en ti

que yo perezca en tu caricia,

que ni el agua de mis ojos

o el silencio mismo

sean más que tu piel.

 

Soledad, milagro de tu frente,

en ti se advierte el ciervo

que dormita en el claro del bosque

y de pronto se pierde entre la hierba.

 

Qué más quisiera yo: ser ese ciervo,

entrar en tu piel como en un bosque

y escuchar el silencio del amor.

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