Category: Waldo Gonzalez
Por Waldo González López – www.TeatroenMiami.com
Sí, tengo y no pocos, por cierto. Así respondí no hace mucho, recién llegado a esta ciudad, cuando alguien me preguntó si yo tenía amigos —recalcaba—, y le pregunté: ¿No «socios»?, tal lamentablemente se ha popularizado, desde décadas atrás, en la Isla es frágil, volátil y nada seria expresión que me desagrada por reflejar otro grado de relación, del propio modo más endeble.
Porque la amistad es remedio seguro para todas las penas, como dijo José Martí en el ya lejano
He tenido, y creo aún tener aún grandes, excelentes amigos. Recuerdo ahora varios nombres de algunos, escritores mayores —en obra y edad— que me honraron con su confianza e intimidad en no pocas veladas de querencia y magnífico vínculo, rezumadas en esas afinidades electivas a que aludía Goethe, el siempre incomprendido pero respetado creador por algunos de sus fraternos. Así, nosotros, cuando siguiendo las tertulias del intelectual venezolano Domingo del Monte en el siglo XIX, hacíamos tertulias en sus casas.
Entre tales amigos que enseguida me vienen a la memoria muy fácilmente, surgen en primer lugar dos dilectos por poetas y narradores de alta estirpe: Félix Pita Rodríguez (a quien dediqué, durante varios años, «
Pero hay también mujeres en esa, para algunos, rara avis. Así, entre esas buenas amigas, no puedo dejar de mencionar a Dora Alonso, cuya honradez y dignidad comprobadas en duros momentos, siempre estuvo a prueba de tantos escollos en este camino largo y sinuoso, pero no por ello menos retador, que es la vida.
Otra excelente amiga fue Rafaela Chacón Nardi, poetisa (que no «poeta») de esencia y presencia infaltables en la mejor lírica de
Otros amigos tengo, pero son mis coetáneos, y si menciono a algunos y se me escapan otros, sería lamentable su ausencia en esta evocación. Y tengo nuevos adquiridos en el breve tiempo de un año y días que llevo aquí. Mas, prefiero dejarlos compartiendo conmigo penas y alegrías, sueños y desgarramientos, días y años, tanto a aquellos, como a éstos.
Porque lo que vale es el fulgor de la amistad, para mí tan necesaria si en tal relación se conjugan la confianza, el placer de compartir lo bueno y lo malo, la insólita e incambiable sonrisa fraternal, no menos imprescindibles para afrontar traiciones, saudades, incomprensiones.
Es triste olvidar un amigo, releo en un libro para todas las épocas y edades, escrito por un hombre que tuvo uno fraterno al que le dedicara ésta, su mejor y más célebre obra: El pequeño príncipe.
Y es que Antoine de Saint-Exúpery cumpliría como pocos aquella suerte de máxima de otro gran tocayo a quien sólo conozco por breves lecturas y, sobre todo, gracias a la admiración que sentía mi padre por su obra: Ralph Waldo Emerson, quien alguna vez escribiera: «La única manera de poseer un verdadero amigo es serlo.»
Tal «didáctica» del querer, o «pedagogía» de genuina filiación, sólo es posible cuando aprendemos a apreciar —bonhomía mediante— lo bueno en aquellos cuyas virtudes tratamos de seguir como cálidos ejemplos, si queremos realmente integrarnos al bando de los buenos, los que fundan (para decirlo una vez más con José Martí), quienes a veces nos parecen en verdad escasos en estos tiempos que, en no pocas ocasiones, se nos antojan solo de cólera, odio y desamor.
Tal es, pues, para mí, y no otra, la amistad.