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waldo bioWaldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946)

Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios,  6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

StrindbergPor Waldo González López – www.TeatroenMiami.com

 

         El genial dramaturgo marcó pautas en la escena sueca y mundial

 

Existencial, irreverente, crítico, genial y padre del teatro moderno… Con tales y más atributos ha sido calificado en su patria natal, como en otras capitales del mundo el dramaturgo, escritor y padre de la fotografía sueca, August Strindberg, cuyo centenario se celebró este año que se despidirá mañana a las 12 de la noche, para dar paso al ya inminente 2013, más tranquilo y, por fortuna, sin profecías, predicciones, vaticinios ni agüeros que sólo embaucan a los tontos… ignaros.

   Todo lo contrario fue el genial August Strindberg quien, a pesar de vivir hasta la primera mitad de la pasada centuria, es considerado con plena razón el autor nórdico más famoso, por renovar las tablas suecas y ser un precursor del teatro de la crueldad y el absurdo, también denominado teatro de la duda, pues encuentra su confirmación en las palabras finales de su libro autobiográfico El hijo de la sirvienta, donde explicara los motivos del desorden espiritual sufrido, y aclarara las razones de su complicada polémica social y familiar, que le llevaron a una necesidad de elevarse en la escala social.

   El muy contemporáneo autor de Espectros —para emplear un  título de mi colegamigo, el historiador y crítico teatral, también cubano, Rine Leal— cruzó «la selva oscura» del naturalismo al expresionismo con piezas cenitales para la dramaturgia y la escena mundiales. Mas, su genial cruce de caminos por el arte, además incluiría la narración (fue cuentista y novelista), la pintura y la fotografía.


COMPLEJA PERSONALIDAD Y DIFÍCIL EXISTENCIA

Johan August Strindberg (Estocolmo, 22 de enero de 1849–ibídem, 14 de mayo de 1912) tuvo una difícil personalidad. Su niñez transcurre en un ambiente familiar marcado por la grave situación de su inextricable status: su madre (extremadamente religiosa y sirvienta de su autoritario padre (aún más complejo) marcarían su no menos ardua formación.

   Se educa en un colegio de la aristocracia, donde es desplazado por sus ricos condiscípulos, según refiere en su relato con tintes autobiográfícos «El hijo de la esclava», donde narra su desgraciada infancia.

   A ello se suman la esquizofrenia y la obsesión, durante un período de su vida, por la alquimia, como que la mayor parte de su existencia se sintió acosado y perseguido, rasgo de su complicada sique que, sin embargo (como en Francia, el teatrista Antonin Artaud), dotó a su creación literaria —y no sólo dramatúrgica— de peculiar fuerza y hondo dramatismo.

   En consecuencia, al sentirse atacado por el ya entonces pujante movimiento feminista (por el que sintió inclinación en su adolescencia), pronto devendría un “gran misógino”). Todo, a pesar que, en que varias de sus piezas de algún modo feministas (La señorita Julia y La más fuerte), mantuvo su ácida y crítica actitud hacia el núcleo central de la sociedad: el matrimonio, aunque se casó tres veces, la última con la joven actriz de 23 años Harriet Bosse, tal su contemporáneo Anton Chéjov, quien también transformara el teatro ruso y mundial.

   En 1867, concluye el bachillerato e ingresa en la Universidad de Uppsala, mas su padre quiebra y las dificultades económicas le exigen compartir los estudios con trabajos como maestro de enseñanza primaria, como en clases particulares. Ingresa en la Real Escuela de Arte Dramático de Estocolmo, donde tiene un nuevo fracaso, con la mala interpretación de varios papeles secundarios.  

   Labora como periodista en varias publicaciones y comienza a ser conocido por sus crónicas y artículos. Entre los problemas económicos que acarreará desde su juventud, está su ingente vida en la bohemia literaria de su país. A los veinte años de edad, en 1870, obtiene su primer éxito: el Teatro Dramático de Estocolmo estrena su obra A Roma, y el Rey le concede una beca para continuar sus estudios.

  Casi tres lustros más tarde (1884), acorde con su criticismo a la sociedad sueca, publica la primera parte de Casados, un duro ataque al matrimonio, que le vale el repudio general de la burguesía y un proceso amparado por la Ley de Imprenta que, finalmente, gana y recibe el respaldo de las clases populares. Luego dará a la luz la segunda parte. Mas, igualmente acorde con su iconoclasta postura, si la primera resulta una defensa de los derechos de las mujeres, la segunda deviene un panfleto antifeminista, en tanto ataca también a su tercera esposa, quien lo acusa, ocultando su lesbianismo.

   Desde este momento, en sus textos se translucirá un fuerte sentimiento misógino. En consecuencia, cuando decae su popularidad, publica Gentes de Hemsö, uno de sus textos preferidos por sus contemporáneos, escrito desde el exilio. Poco tiempo después (1888) concibe tres de sus dramas más conocidos: El padre, La señorita Julia y Acreedores. A fines de este año, tiene otro fracaso, al no poder inaugurar su propio espacio, donde representaría sus piezas: el Teatro Experimental en Copenhague (Dinamarca), tal hiciera en París su colega André Antoine.

   Aunque en 1896, le llega el ansiado éxito con el estreno de dos de sus más célebres obras: El padre y La señorita Julia (que pondrá Antoine en su teatro parisino), continúa su obsesión por el ocultismo y la alquimia, que aumenta quizás por las cartas cruzadas con Nietzsche. Asimismo, sin abandonar su manía persecutoria, vive una etapa de misticismo que le acerca al catolicismo. En este período de su muy compleja existencia, desarrolla una notable actividad creadora que corona el éxito. De tal suerte, escribe teatro, novela, ensayo, artículos periodísticos y, por fin, cumple su ansia de abrir su propio teatro: Intima Teatern, donde estrena sus obras La danza de la muerte, Los sueños y La sonata de los espectros, entre más de una veintena de los últimos años de su vida.

   Por fin, el 14 de mayo de 1912 muere enfermo de cáncer. Más de 50 mil personas de las clases populares acompañaron a la comitiva, en lo que, sin duda, constituyó el mejor homenaje al mayor autor teatral sueco que llevó a la escena a muchos tipos y caracteres de ese pueblo que fue a despedirlo.


ETAPAS DE SU TEATRO

En su primera etapa naturalista, renueva el teatro sueco. Sus piezas El padre, Deudores y, sobre todo, La señorita Julia rompen con la tradición romántica del teatro sueco. De tal suerte, en el prólogo de esta última (llevada al cine por el gran cineasta, también sueco, Ingmar Bergman), escribirá:

 

He roto con la tradición de presentar a los personajes como catequistas que con preguntas estúpidas provocan la réplica brillante. [...] Para ello he hecho que las mentes trabajen de un modo irregular, tal y como ocurre en la realidad, donde en una conversación nunca se agota el tema, donde un cerebro trabaja como una rueda dentada en la que el otro se engrana a la buena de Dios. Por eso, el diálogo anda sin rumbo. He provisto en las primeras escenas de abundante material que en el desarrollo se elabora, se trabaja, se repite, se amplía lo mismo que el tema de una composición musical.

 

   Como han subrayado varios de sus estudiosos, en estas tres piezas se presentan los temas característicos de su producción dramatúrgica: la «lucha de cerebros» y su consecuente violencia que conduce al «crimen psicológico»; la lucha de sexos; la lucha entre lo viejo y lo nuevo, y su misoginia.

   En cuanto a La señorita Julia, aborda hondamente otra de las grandes temáticas strindbergianas: las tensiones entre lo viejo y lo nuevo. Una cultura y una sociedad caduca, las clases altas, frente a los intentos de renovación de las clases populares que, aun con sus contradicciones, abandonan sus viejos papeles de sumisión.

   En 1888 escribe varias obras en un acto, entre ellas: La más fuerte, considerada uno de los mejores monólogos de la historia del teatro (aunque en realidad son dos personajes, mujeres, pero sólo una habla).


STRINDBERG EN CUBA

Antes de hablar de su presencia en la Isla, debo recordar que dos destacados intelectuales: la profesora universitaria y ensayista Beatriz Maggi y el ya fallecido narrador y dramaturgo Ezequiel Vieta tradujeron en 1964, su tragedia de 1887 y en tres actos, El padre, estrenada ese año en Copenhague.

   Algunas obras del gran dramaturgo sueco han sido representadas en Cuba, si bien su presencia no ha sido harto recurrente. Así, evoca mi colegamiga Esther Suárez Durán en la web Cubarte (2007), reproducida por nuestra teatroenmiami.com: “el 20 de noviembre de 1948, se presentó La más fuerte, bajo la dirección de Francisco Morín con su Grupo Prometeo”, para una década más tarde (mayo de 1958) subir de nuevo a escena, en el Palacio de Bellas Artes, conducida por Manuel Bach.

   La propia crítica, dramaturga y ensayista, comenta que sólo pocos días atrás —tal corrobora en su comentario «August Strindberg a escena»— se estrenó “la reciente puesta del grupo Vi-Tal Teatro (que) permitió presenciar su nuevo espectáculo. La más fuerte tempestad de Strindberg (que) halla un modo imaginativo de revisitar el paradigmático monólogo (La más fuerte)”.

   Dirigida por Alejandro Palomino, cuenta con la participación del experimentado José Ramón Vigo (quien interpreta a Strindberg, aquejado por la esquizofrenia), mientras que las señoras X y Y corren a cargo de Nora Rodríguez y Yasmín de Armas, quienes “entran a escena evocadas por su creador. A partir de este momento las criaturas se hacen dueñas de la historia y la palabra dramática que dictan a su autor.”

   La crítica apunta la validez “en el plano de la construcción de la fábula, por el que la puesta adquiere un carácter metatextual, en tanto la partitura encargada a este Strindberg […] en la escena comenta, discute, llega hasta negar el curso y significado de aquella que desarrollan los personajes femeninos.”

   Y añade que “La más fuerte tuvo varias representaciones en nuestras tablas durante las décadas del cuarenta y cincuenta del pasado siglo, aunque, no obstante ser un clásico en su género, no parece haber sido una obra frecuente en los escenarios.” De tal suerte, evoca que, en 1964 la Colección Teatro y Danza, de la antigua Editora del Consejo Nacional de Cultura, publicó  Strindberg/Teatro, con selección y prólogo a cargo del dramaturgo, narrador y poeta Antón Arrufat, quien incluyó en sus páginas La más fuerte.

   Adjunta la crítica que, a pesar de ello, mi (nuestra) generación y las que le continúan, no habían tenido oportunidad de verla representada. Y concluye: “Razón de más para que su puesta en escena entrañe un verdadero compromiso y sea una ocasión de lujo para los amantes del arte teatral.”

   Otra huella de la presencia de Strindberg en la Isla sería La señorita Julia que —en puesta del 2002, del talentoso Carlos Celdrán y con las actuaciones de Zulema Clares, Alexis Díaz de Villegas y Verónica Díaz— fue reseñada en la revista digital La Jiribilla por Zoila Sablón. Aclara la crítica que “el grupo realizó el montaje a partir del original que Strindberg escribiera en 1888 y que fuera censurado en Suecia.” Por ello, con precisión añade:

 

a más de un siglo de escrita, La señorita Julia tiene mucho que decirnos, no importa dónde ni desde dónde. La historia del arte ha demostrado que su sobrevivencia está en el cómo y no en el qué, el qué se extiende en el tiempo. Es curiosa la recurrencia a ese espíritu de época. Las mismas motivaciones: los conflictos clasistas, la relación entre mujer y hombre, entre poder y deber, el destino trágico, la fragilidad femenina, la decadencia de la nobleza. A punto del suicidio, única salida para Julia, esta solo se pregunta angustiada por la sentencia que Cristina le espeta a la cara, “los últimos serán los primeros”.

 

CRITICADO, PERO AMADO

A pesar de las numerosas críticas de intelectuales femeninas por su actitud misógina, algunas escritoras de su patria se mostraron agradecidas con el gran dramaturgo. Tal es el caso de Marike Stjernstedt, quien señaló, entre otros de sus méritos, que «nadie nos ha castigado tanto [a las mujeres], pero nadie tampoco nos ha amado tanto como él; nadie nos ha deseado ver tan perfectas, tan inteligentes, bellas y hermosas»


STRINDBERG A CIEN AÑOS

Algo de su enorme huella mundial se puede constatar. Así, como bien subrayan los hispanos José Luis Campal y Aurora Sánchez, el dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill lo coloca en la vanguardia de quienes con su riqueza visionaria han modernizado el teatro actual.

   Por su parte, no pocos prestigiosos investigadores han subrayado la huella strindbergiana, localizable en la gran obra de los maestros Pirandello, Ionesco, el propio O’Neill, Harold Pinter o Peter Weiss, por apenas mencionar los que más visiblemente la evidencian.

   Pero muchos más influjo y méritos posee la enorme creación de este creador sin fronteras en la dramaturgia sueca y universal. Por ello, su firme y decisiva huella continuará prefigurando la escena internacional


OBRA DRAMÁTICA

Entre sus numerosas piezas para la escena, figuran los dramas: El librepensador (1870), En Roma (1870), Maestro Olof (drama histórico, 1872), Viaje de Pedro el afortunado (1883), El padre (1887), La señorita Julia (1888), La más fuerte (monólogo, 1888), Acreedores (1888–1889), El paria (1889), La saga de los Folkunga (1899), Erik XIV (1899), La danza de la muerte (1900), Carlos XII (drama histórico, 1901), Cristina (drama histórico, 1901), El sueño (drama, 1901), Gustavo III (drama histórico, 1902), La tormenta (1907), La casa incendiada (1907), La sonata de los espectros (1907), El pelícano (1907) y La carretera (1909).

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