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El Cartero Nerudiano

 

1173857 402013823236582_244325026_nPor Waldo González  - www.TeatroenMiami.com

Fotos: Jason Koerner

Con varias adaptaciones a las tablas y al cine, con enorme éxito de público se presenta, en el Miracle Theater (Miami Globo Theatre) El cartero (Il postino), con adaptación y puesta en escena de la popular novela del chileno Antonio Skármeta: Ardiente paciencia, best seller desde su publicación en 1985.

   Seleccionada por el diario El Mundo, en la Colección «Las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX» (nº 56, 2001), la obra, sin duda, logró cautivar a infinidad de lectores de todo el mundo y, luego, en su adaptación al cine, acaparó aún mayor atención y reconocimiento de diversos festivales internacionales, tal apunté arriba.

  Como bien apuntara, el 17 de junio de 1995, el colega Miguel García Posada (en Babelia, El País), «la novela es un canto emocionante, nunca acursilado ni ternuroide, a la poesía y al amor en sus más contundentes y jocundas expresiones de vitalidad».

   Justamente, el humanismo de la amistad entre el Poeta y el humilde cartero, enriquece la cultura y el espíritu de este, al que retribuye el Premio Nobel con su paternal apoyo y su poesía.

   Traducida a un sinnúmero de lenguas (alemán, griego, chino, danés, finés, francés, holandés, húngaro, hebreo, inglés, italiano, japonés, noruego, polaco, portugués, portugués, sueco y turco), desde que leí la novela de Skármeta —en la edición cubana de Casa de las Américas—, la seleccioné entre otros títulos de cabecera.

   En su cotidiana tarea de llevar la correspondencia diaria al universal autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada —muchos de cuyos versos se incluyen en la novela y en la pieza—, el cartero se enamora de una linda chica, apoyado por la amistad y los hermosos textos de Neruda.

   Tras su edición en 1985, nueve años más tarde sería llevada al cine, como Il postino, hermoso filme dirigido por Michael Radford —con el gran actor galo Philippe Noiret como Pablo Neruda— que alcanzaría más de 25 lauros internacionales, entre ellos, los Premios: di Donatello al mejor montaje (1994), 3 BAFTA a la mejor película de habla no inglesa, mejor dirección y mejor música (1995), Cóndor de Plata a la mejor película extranjera y Oscar a la mejor banda sonora.

   Pero hay más: tanto interés pondría el escritor y protagonista Massimo Troisi, quien pospuso una cirugía cardíaca para poder terminar la filmación, tras cuya conclusión sufrió un ataque al corazón, causante de su muerte.

   Y muchos se preguntarán por qué las razones del éxito internacional de la cinta y, ahora también de la puesta. La respuesta no es difícil y, de otro modo, ya se dijo antes: su sencilla trama y su mensaje de Poesía y Amor (en mayúsculas), constituyen los temas centrales de la hermosa historia que narra la también sencilla vida cotidiana de Mario (Massimo Troisi), quien acepta el empleo de cartero en la breve población costera de Isla Negra, donde vive el luego Premio Nobel Pablo Neruda.

      1240427 403827583055206_1458165117_nTanto su versión en la pantalla grande, como la más reciente adaptación teatral dirigida por David Chacón Pérez, no poco se emparientan con la estética de grandes creadores, como el universal Charles Chaplin de La montaña de oro y Tiempos modernos, el Giuseppe Tornatore de Cinema Paradiso y el Roberto Benigni de La vita es bella, por mencionar tres momentos decisivos de la cinematografía internacional.

   Sí, ese cine que vota por la noble estética, presenta la otra cara de los males de este tiempo y que la mayoría prefiere por esperanzadora y positiva, en suma, por su creencia —a pesar de tanto y tantos— en la indeclinable voluntad de los humanos por la Vida. 

   En tal sentido, creo oportuno apuntar lo siguiente: En la primera parte de su crónica “Neruda y yo”, publicada el pasado domingo en El Nuevo Herald, escribía la prestigiosa colega Olga Connor en los siguientes términos, explicando a sus lectores la causa de su goce estético:

 

La razón de que me haya inspirado en Neruda este domingo es porque acabo de ver la producción del Miami Globo Theatre en el Miracle Theater de Coral Gables, de la obra El cartero, publicada en 1985, del también chileno escritor Antonio Skármeta. Y he gozado tanto al verla como desde hace mucho tiempo no lo hacía.

 

Y concluía su hermosa crónica de esta suerte:

 

Skármeta usa al cartero como metáfora de todos nosotros. Porque el poeta es un escritor con un oficio: escribir cartas para que las usen sus lectores, cada vez que tienen los más profundos sentimientos humanos: pena, amor, soledad, tristeza, alegría, pudor, ira. El cartero no solo es el personaje ficticio que le llevaba las cartas a Neruda, en su preciosa casa de Isla Negra, frente al mar Pacífico, el cartero somos tú y yo, cada lector de Neruda.

 

   Pienso que tal sensación fue compartida por el público en la función a sala llena  que asistí, como constaté en los rostros de los espectadores de varias generaciones (entre los que descollaban los jóvenes), como en su absoluta atención y disfrute.

   Ello también lo corroboré a la salida, mientras esperaba en el foyer a Beatriz Valdés para felicitarla. Allí, me encontré dos artistas amigos: un actor y un cantante lírico, me confesaron su aprecio y preferencia por este teatro humano y de alta calidad que —sin innecesarios abalorios, ni fruslerías esteticistas que nada aportan— constituye buena muestra de genuino arte.

   Y es que poesía y prosa, felizmente aliadas en una acertada dramaturgia, constituyen el bienvenido arte de El cartero o Il postino, en tanto convoca a todos («la inmensa minoría», dixit Juan Ramón Jiménez) por su vocación de humanismo, por su mensaje de poesía, amor y verdad, en una época como la que vivimos, cuando guerra, odio y desamor acechan la paz de los «humanos, demasiado humanos», que decía el filósofo.

   Una de las numerosas cualidades de la puesta es el respeto a la novela en su cántico de sencillez, amor y (auténtica) poesía. Prodigada por un montaje de calidad en el diseño de luces (Alejandro Barreto) y de escenografía (Leo Gaeteani y David Chacón), y provista de una certera coreografía (Gío Macia), en su acercamiento al cine, no sólo con las proyecciones históricas del poeta y Chile sobre la escenografía, sino incluso en el ritmo y aproximación estilística en varios instantes, la puesta posee el raro encanto de lo largamente esperado y, por ello, se agradece su disfrute.

1185243 403826186388679_1010657308_n   Como válido colofón, están las actuaciones de dos muy experimentados intérpretes: la cubana Beatriz Valdés (recordar su inolvidable protagónico en el filme La Bella del Alhambra, justo Premio Goya de mi también amigo Enrique Pineda Barnet), aquí otorgándole Verdad y Pasión a su antológica Rosa, viuda de González, y el venezolano Orlando Urdaneta, en su convincente Neruda, secundados por los desempeños de dos talentosos jóvenes, que brillan en sus respectivas criaturas: Paolo Ragone: El cartero: Mario Jiménez, y Denise Faro: Beatriz González.

   Ya en esta, su tercera semana (yo asistí a la segunda), la puesta debe continuar cosechando éxitos. Y lo merece por lo ya apuntado y, sobre todo, por su hálito vital y lírico particular que, como dije antes, se agradece por su hondo humanismo.

   Creo válido concluir mi comentario recordando que la poesía —tal quería y ejemplificaba con la suya propia el notable poeta hispano Pedro Salinas (1892-1951), contemporáneo de Pablo Neruda— resulta «un modo de acceso a las honduras de la realidad, a la esencia de las cosas y experiencias vitales», en tanto tal tríada, implica una breve pero intensa suma de autenticidad, belleza e ingenio que —en el idóneo ideario estético del poeta español como del chileno— constituyen los tres valores decisivos en la poesía.

   Por ello, aplaudo la valiosa puesta de El cartero que, por su humanista singularidad, como por su excelente propuesta, debe continuar su exitosa temporada, quizás más allá de lo previsto por sus productores.     

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