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waldo bioWaldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946)

Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios,  6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

Guillermo Arango 2Por Waldo González López – www.TeatroenMiami.com

Con placer de nuevo abordo la valiosa dramaturgia del destacado autor cubanoamericano Guillermo Arango, tras haber compartido, meses atrás y como esta noche, con mi colegamiga, la también dramaturga, poeta, narradora y profesora universitaria Maricel Mayor Marsán, en el Centro Cultural Español, la presentación de su anterior volumen Teatro I, igualmente publicado por la Colección Rumbos Terencianos, de Ediciones Baquiana, dirigidas por el narrador chileno Patricio E. Palacios.

   Si me satisfizo el mencionado tomo que iniciara su repertorio por tan prestigiosa serie, este segundo me complace aún más, tal demostraré a continuación; pero, ante todo, destaco el prólogo del autor, quien aquí evidencia su hondo conocimiento de la técnica teatral y la dramaturgia internacional, virtud corroborada en dicha ocasión por este crítico con la honda lectura y posterior presentación de las tres obras contenidas en Teatro I.

   En este segundo volumen Teatro II  —cuya hermosa cubierta reproduce la obra «Arlequín» del artista plástico también cubanoamericano Sergio Chávez— Arango incluye cuatro piezas: Los viejos días perdidos, Entre dos, Encuentro y Ensayo de un crimen, todas elaboradas con la praxis de este maestro de la escena.      

   Como apunta el autor en su breve y aclaratorio prólogo, las tres primeras piezas (Los viejos días perdidos, Entre dos y Encuentro) «revelan la clara intención de hablar de teatro, de sus técnicas y funcionamiento, lo que se convierte en uno de los temas dominantes de cada obra». La cuarta (Ensayo de un crimen) —asimismo apunta— «es un ensayo de escenificación donde básicamente un diálogo escueto da origen a la cotidianidad de la anecdota».

   En la primera, Los viejos días perdidos, pieza en un acto, Arango aborda el tema de la familia en  provincia, tópico socorrido por otros dramaturgos latinoamericanos y de la Isla, como Abelardo Estorino, quien más lo abordara, si bien Arango confiesa en la primera acotación que «ha tenido en mente Cuba, pero puede referirse a cualquier país hispano del trópico».

   De tal suerte, pone a vivir en escena a una pareja provinciana que, a mediados del siglo xx, se aman desde décadas atrás con las autolimitaciones impuestas por tal contexto, pero tras la larga espera y los desaciertos debidos a los prejuicios de Leonor y la mediocridad de Jaime, se percatan demasiado tarde de su frustración, cuando ya han cruzado la cincuentena con sus paupérrimas existencias e irrecuperables días perdidos.

   Como en otras de sus piezas del anterior volumen y de este, el también poeta y narrador conjuga amor y humor, realismo y ficción, a los que añade la poesía de las situaciones y las cosas.

   En la segunda, Entre dos, otra pieza en un acto, el autor emplea con acierto el recurso de teatro dentro del teatro. Su protagonista, una suerte de Marilyn Monroe, llena de ilusiones sin alcanzar, ambiciona mucho más; sin embargo, a su pesar, debe cumplir con las exigencias del  Hollywood de los años cuarenta y cincuenta que la rubia platinada acepta para desempeñar su obligado rol de sex-symbol a que se ve sometida por agentes, directores y productores.

   En consecuencia, solo le traen «el mismo tipo de historias», tal responde al agente que ha regresado con otro guion similar, cuyo título es revelador de su mediocre tema: «Lucrecia y el sexo», y ella, molesta, responde: «¡Quiero ser actriz! ¿Te enteras? ¡Actriz verdadera o nada!» Solo algo después, le dice: «¡Mi sueño es interpretar Hamlet y Santa Teresa de Jesús!»             

   La tercera, otra pieza en un acto: Encuentro, resulta, a un tiempo, un excelente juego poético, como un diálogo y ejercicio escénico que evoca no pocos momentos del teatro y la canción europeos, debidos a dos relevantes autores franceses: Jean Cocteau (1889-1963), el poeta y autor del clásico monólogo La voz humana (que cumplirá 88 años el próximo noviembre) y Jacques Prévert (1900-1977) igualmente poeta, dramaturgo, guionista y letrista de Les feuilles mortes (Las hojas muertas, 1945, cuya música le otorgara celebridad al compositor húngaro-francés Joseph Kosma), suerte de «elegía de cualquier amor, cuyo milagro solo se aprecia tras haberlo perdido», tal escribiera poco tiempo atrás mi colega hispano Federico Jiménez Losantos: sin duda, la canción más popular después del himno nacional galo La marsellesa.

   Se trata, sin duda, de una deliciosa obra cuyas aparentes sencillez y transparencia le otorgan, ciertamente, ese tono de jeu de theatre, virtudes que a este crítico le placen sobremanera, justamente por su función lúdicra, como asimismo le complace su tejido escénico que enrola aún más en la trama al atento espectador-cómplice, quien no prevé qué pasará en esta indeleble y breve conversación de Él y Ella, cuyos nombres solo sabrá en el esperado final, en tanto son símbolos del amor: Adán y Eva.

 Guillermo Arango 1  La última Ensayo de un crimen —subtitulada como «episodio teatral en dos escenas» y escrita por Arango a partir de una idea del también dramaturgo, poeta y narrador hispano de origen francés Max Aub (1903-1972)— es un rico texto que, en la primera escena, plantea una situación en un contexto que, en la segunda, se transformará en otra pieza por las discusiones del elenco y el Intruso con el Director.  

   Con este elemento sorpresivo, nuestro autor da fe una vez más del hábil empleo del recurso del teatro dentro del teatro, según demuestra en este no menos valioso texto, donde reúne en ambas escenas varios factores, entre ellos: el Director, los actores (que en la primera escena serán unos personajes y en la segunda cambiarán, conformando otra obra) y el Intruso, significativa criatura, cuyas opiniones resultan no menos decisivas que las del Director, y quien es llamado injustamente por el realizador: «El eterno insatisfecho amante del teatro.»

   De otro lado, Arango emplea distintos tejidos dramatúrgicos: los géneros teatrales, el teatro clásico y el de vanguardia e, incluso, los propósitos de la escena, con lo que confirma, en la voz del Director, personaje de la segunda escena, uno de sus credos escénicos: «Lo que pasa en un escenario, no pasa en ninguna otra parte», y corroborando de nuevo su entrega a las tablas, como su intensa y extensa experiencia en la dramaturgia, tal se comprueba en este volumen. En ese sentido, Arango deja caer el clásico dilema de los actores «vanguardistas» contra el teatro clásico, cuando el Director le espeta a Marcela:

Usted viene de hacer teatro de vanguardia, influida por todos esos pedantes que no saben hilvanar dos frases con la pluma. Cree que con pararse en un escenario, dar cuatro gritos y hacer arrumacos, basta. ¡Ah!, y tal vez, saberse de memoria la obra. […] ¡Qué sabe usted de teatro! Algún que otro nombre contemporáneo. Pero el teatro teatro, el buen teatro de Lope, Shakespeare, Zorrilla, Valle Inclán, de eso ¡ni hablar!  

  

   Al final, la tan «vanguardista» actriz le ruega al Director que le dé el coprotagónico de Doña Inés en Don Juan Tenorio, otro guiño de Arango a quienes desdeñan el genuino teatro por estar en el último grito de la avant garde.

   En otros instantes de esta pieza —la más sólida y sorprendente del resto, aunque no por ello menos destacadas—, Arango incluye tácitas verdades aprendidas a lo largo de su vasta experiencia como dramaturgo. De ahí que conciba sus criaturas —que ya encarnaban los actores montados sobre coturnos en las canónicas tragedias y comedias de la antigua Grecia— con auténticos rasgos humanos, como amor y desamor, ironía y odio, rasgo visible en el personaje de Lorenzo, quien dice: «Ni aun en la farsa dejamos de ser nosotros mismos».    

   Y en otro momento, el personaje del Director, define: «el espacio del escenario es noble, profundo y significativo, aun sin personajes; existiría aunque no existiéramos», línea que corrobora el ya mencionado amor del creador por el teatro.

   En suma, por sus virtudes, el lector y el espectador no solo se introducen a fondo en las obras de Guillermo Arango y las disfrutan como cuentos y novelas; también las preferirán en las futuras puestas, porque Arango dota a sus criaturas de «la verdad de las mentiras», tesis de dos grandes escritores: el primer periodista británico y brillante narrador Daniel Defoe, y el narrador, dramaturgo, ensayista y Premio Nobel 2010 Mario Vargas Llosa, quien así tituló su libro homónimo, publicado en el 2002 por Alfaguara.

   Por la hondura y calidad de su creación dramática, anhelo verla pronto en la escena de Miami, a cuyo público le satisfarán las peculiares obras de nuestro autor. Por ello, sugiero a los directores y actores locales la lectura y el análisis de los tres volúmenes de singular valía publicados hasta ahora por Ediciones Baquiana.      

   Sin duda, «la verdad de las [convincentes] mentiras» que decía Defoe y corrobora Vargas Llosa —siempre presentes en las obras de Guillermo Arango— es la que permite convencer a quienes las disfrutan, como le sucede a este crítico y amante de la escena, quien ama las tablas desde mucho antes que, entre 1966 y 1970, estudiara y se graduara en la cubana Escuela Nacional de Teatro.

   Por tanto, por todo, en mi opinión, Guillermo Arango constituye uno de los más significativos dramaturgos de las tablas actuales de las dos orillas.

(Presentación de los volúmenes Teatro II y Teatro III, del dramaturgo cubanoamericano Guillermo Arango, por el poeta y crítico teatral y literario Waldo González López y la dramaturga, poeta, narradora y profesora universitaria Maricel Mayor Marsán —ambos publicados por la Coleccion Rumbos Terencianos, de Ediciones Baquiana, dirigidas por el narrador chileno Patricio E. Palacios—, en la librería Altamira, donde realizaron una lectura dramatizada la actriz argentina Verónica Abruza y el actor cubano Erom Jimmy.)

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