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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

dictados-web-9Habey Hechavarría Prado – www.TeatroenMiami.com

Empecemos por las conclusiones. “Los dictados del fuego”, re-estreno de Artspoken para el recién concluido TEMFest, se sitúa entre los mejores espectáculos de grupos locales durante el 2014. Aunque la peculiaridad artística de la representación dirigida por Yoshvani Medina, en cierto sentido, mantiene la dualidad miamense que mezcla búsquedas estéticas con perfiles comerciales, un ”no sé qué” de esta obra colinda con el conceptualismo ritual y espiritual que, en circunstancias de laboratorio, concibió Jerzy Grotowski bajo el término Teatro Pobre.

Esta dualidad merece una comprensión a fondo. También lo merece el extraño privilegio del debate artístico, otro mérito del título de marras. Me refiero a la posibilidad de discutir, profesionalmente hablando, no solo sobre aspectos ideológicos o de contenido, ni dedicarle demasiado tiempo a las deficiencias técnicas. Un trabajo como este, pese a alguna limitación e imprecisiones, convoca un análisis multilateral en torno a la especificidad de los lenguajes y la comunicación, en tanto asume con plena conciencia los desafíos de la teatralidad.

dictados-web-11El motivo proviene de la pieza homónima, escrita por el autor cubano Ulises Cala, quien, a su vez, se inspiró en una breve etapa de la vida monástica de esa gran escritora hispanoamericana del siglo XVII, conocida con el nombre religioso de Sor Juana Inés de la Cruz. El texto fabula con el conflicto imaginario entre la joven mexicana de 15 años de edad, recién aceptada en el Convento de Santa Teresa, y la supuesta madre superiora de entonces, Sor Ángela de Jesús. Se sabe que los rigores de aquella vida austera en una comunidad de Carmelitas Descalzas, ocasionaron su salida del claustro, apenas, cuatro meses después cuando ya había cumplido los 16 años.

La obra presenta el enfrentamiento entre una brillante vida intelectual que comienza y los prejuicios de una mente enferma y represora que intenta imponerse a cualquier costo. Mientras el personaje Juana evade las limitaciones para dedicarse a los trabajos literarios y al estudio que la sociedad imponía a las mujeres, el argumento desarrolla el embate del autoritarismo irracional contra la naturaleza, un enfrentamiento que, en medio de los desatinos del poder, procura el sometimiento de la pureza desatando la envidia y el morbo de la madre superiora. Las secuencias de acoso sexual y violencia son incómodas porque mucho recuerdan los peores relatos de nuestra época.

La intención fue crear un espectáculo tan desgarrador como esteticista. Por ejemplo, aunque las escenas eróticas abundan no hay desnudos ni ilustraciones sexuales explícitas porque la intensidad dramática y actoral se apoya en las pautas coreográficas y extracotidianas del diseño de movimiento y gestualidad donde las actrices exhiben sus habilidades. Ambas supieron desenvolverse dentro las extremas situaciones dramáticas. Adela Romero conmueve con la ferocidad, los tormentos y frustraciones en los cuales desemboca un ser brutal y morboso. Scarlet Gruber, con una belleza cristaliza e inocente, convence interpretando una Sor Juana que parece exteriorizar un mínimo de lo que siente. Ambas deambulan por una rústica pasarela, con pocos centímetros sobre el piso, y bajo una penumbra persistente que apenas contradicen luces parciales o lámparas con cirios. Llevan vestuarios marrones y vaporosos, en alusión a la Orden Carmelita (sobre el blanco para Juana y oscuro para la superiora), semejantes a tules y satines de un fantástico hábito de monjas que solo deja ver el rostro, las manos y los pies semidesnudos. 

dictados-web-24El ambiente de monasterio y oscuridad espiritual, que incluye una celda enrejada al fondo, contrasta con las pautas de danza, ballet clásico y las dinámicas acrobáticas de las actrices. Lo anterior, sumado a los giros constantes del argumento que va del presente al pasado y viceversa, define una imagen barroca y, sobre todo, “conceptista”. Es decir, la perspectiva del director artístico y de su equipo de creación, supera las pautas líricas del texto acercándose a una poesía integradora del espectáculo, típico resultado de una “obra de autor”, según la plena voluntad estilística del director, creador líder y principal responsable.

En definitiva, la historia real, el texto dramático y el espectáculo fungen como pretextos de una discusión de fondo: la rareza del monacato y la dignidad humana. El planteamiento de la obra es francamente ambiguo al respecto, lo cual repercute a todo lo largo del montaje. Juana se somete al trato duro y hasta degradante de Sor Ángela, sin que entendamos bien las razones concretas. Y la monja mayor lucha contra una legión de demonios psicológicos que se desataron cuando apareció la encantadora jovencita, y que ahora le amargan la vejez. Pero es un combate dramáticamente desequilibrado. Los fuegos de las bajas pasiones tienen mejor plasmación artística que la fuerza de la pureza, en el conflicto interior de ambos personajes y particularmente en la madre superiora.

El problema no es que la oscuridad y el mal puedan más que la luz y la bondad. De hecho, tal ecuación responde a cierta interpretación de la realidad. La médula del asunto radica en el estado de vida que estas mujeres, por diversas razones, han escogido, y en su plasmación teatral. Porque, aun siendo el sexo una realidad insoslayable y un acicate, no explica la totalidad del comportamiento. Y en monjas y monjes, la sexualidad es más compleja y sutil que una simple represión que regresa en forma enfermiza. Basta observar la tradición monacal de oriente y occidente para evadir ciertos clichés y caminos trillados. Como demuestran los estudios actuales de la obra y la vida de Sor Juana Inés de la Cruz -cuya figura comienza a despojarse de los prejuicios antirreligiosos de otrora-, tal perspectiva en nada contribuye a la exposición creíble de una persona decidida a enfrentar sus contradicciones naturales desde la condición de un guerrero interior que hace un sacrificio radical apartándose del “mundo” en busca de un conocimiento o realidad trascendentes.

He aquí la piedra angular del espectáculo. La dramaturgia del texto y la espectacular giran en torno a la religión sin penetrar su sentido, ni sondean el lugar que ocupa en los derroteros de la acción y sus actantes. Quizá pudo, desde la inevitable comparación entre lo histórico y la ficción, enfrentar cada personaje con su propio egoísmo, odios o soberbia, pasiones verdaderamente bajas y peligrosas para un monje. En la lectura inversa, las monjas de la obra son una suerte de figuras retóricas de un determinado estado mental, en cuyos diálogos solo percibimos una condición no-ordinaria de la existencia. Por ello, el andamiaje estético del espectáculo no se rindió ante el realismo. He hizo bien. La riqueza que se pierde cuando ignora los senderos de la espiritualidad monacal, se despliega en los sórdidos recovecos del encuentro entre un alma atormentada y su objeto del deseo, retablo también de sus desprecios. 

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