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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

Teatro Cubano del Exilio Julio de la NuezHabey Hechavarría Prado - www.TeatroenMiami.com 

Teatro y celebración comparten una amplia zona de sus significados. El rito, la fiesta, el juego y cierto tipo de observación participativa político-estética sostienen todas las dinámicas del arte escénico. Por eso, cuando, al cumplirse cada 30 de mayo el arribo a la eternidad del destacado profesor, investigador y crítico cubano José Antonio Escarpanter (1933-2011), quien fuera el primer estudioso de la dramaturgia y el teatro cubanos concebidos fuera de Cuba después de 1958, también se festeja ese ideal que el descubrió y analizó. Sin embargo, este año, al recordar en Miami por tercera ocasión el Día de la Dramaturgia y el Teatro del Exilio, los eventos que nacieron en el 2013 estuvieron pletóricos de intensas connotaciones. Enumero aquí solo las más relevantes.

El sentido de celebrar esta rama del teatro cubano, que se ha desarrollado durante más de 50 años lejos del control obsesivo de las autoridades gubernamentales que en la Isla patrocinan la actividad escénica, tiene dos asideros: un acto de justicia y un eje cultural o de identidad. El primero busca reconocer toda la labor realizada por dramaturgos, actores, directores, diseñadores y técnicos de la escena, cuyos frutos hoy promueven mejores cotos de excelencia en la vida teatral hispana de la ciudad que ha crecido tanto en número de propuestas, en variedad como en niveles de calidad. Aún sin ninguna razón para declarar que vivimos en una plaza teatral, el auge del teatro local (y dentro de él, la aún mayoritaria producción de origen cubano) prospera en medio de difíciles circunstancias económicas que plantean retrocesos. El número de salas que han cerrado en los últimos doce meses es un triste ejemplo. Entonces, bajo el actual contexto, la retribución encuentra una ocasión idónea para convertir las mutuas felicitaciones y las celebraciones que los teatristas ofrecen, en acicates e impulsos volitivos, casi en “actos rituales apotropaicos” para vencer y alejar las nefastas circunstancias, mientras se “invocan” mejores tiempos.

Otro razonamiento de la fecha remite a la defensa, fuera de país, de una idiosincrasia que le pertenece. Insistir en un teatro cubano exiliado, dentro de toda la Cultura Cubana de la Diáspora, que la política comunista todavía esencialmente teme y proscribe, viene a ser un arrebato de amor a “la tierra que produce la caña”. El principio étnico y la estrategia de resistencia/supervivencia se entrelazan con las realidades del nuevo país que acoge al creador. Puede ser España, Estados Unidos, Canadá, México o cualquier otro estado de Hispanoamérica sin que varíe demasiado un grupo de características, en sí mismas, variaciones inevitables de los elementos constitutivos de lo cubano en el teatro.

La idea de Escarpanter en torno a salvaguardar e impulsar un teatro cubano del Exilio condensa los arrebatos de un sueño y los esfuerzos de una misión que otros artistas e investigadores han continuado. Quizá dentro pocos años todo el trabajo disperso en varios continentes se reúna en un solo festival que celebre la riqueza de una tradición donde naturalmente conviven diferentes y opuestas posiciones estéticas e ideológicas sin que ninguna sobre ni sea censurada. Pues aquellos principios culturales, hasta cierto punto desterrados, arraigan en la instancia de la Patria-Nación como un ente que hoy está hambriento de esas otras Cubas dispersas por el mundo, o palpitantes dentro del territorio nacional, deseosas de contribuir al provenir libre y próspero que muchos anhelamos.

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