La puesta de "Misterio del ramo de rosas" exhibe la orfandad de dos mujeres. Un buen trabajo de Cristina Banegas.
Olga Cosentino | El Clarín
Reunir elementos diferentes en un espacio único y obligarlos a interactuar entraña siempre una cuota de misterio que se devela —o no- con los resultados. Con sustancias químicas, la experiencia puede generar un nuevo metal precioso, una bacteria desconocida, un estallido o nada. Con seres humanos, el abanico de posibilidades también es impredecible. Y misterioso.
De ese misterio se ocupó Puig, quien en El beso de la mujer araña forzó la intimidad entre el viril militante político Valentín y el amigable homosexual Molina. Misterio del ramo de rosas, que se estrenó con Dominique Sanda y Cristina Banegas, repite el esquema. En la aséptica habitación de una clínica, una recíproca contaminación se juega entre la Paciente (Banegas) y su Enfermera (Sanda), quienes se rechazan, se temen, se necesitan y terminan fundiendo identidades.
La puesta de Luciano Suardi buscó una frialdad que compite con cierta belleza minimalista. Y pierde. El que se supone un espacio desangelado tiene, sin embargo, un atractivo visual de galería de arte contemporáneo. Eso sí, la blancura inmaculada del vestuario y el amoblamiento hospitalario produce un contraste melodramático con la uniformidad rojo / pasión que cubre la pared del fondo, incluido el sobrerrelieve de un árbol de ramas desnudas. El escenógrafo Jorge Ferrari y el iluminador Jorge Pastorino dieron protagonismo a la estética publicitaria de los 90 que, como el cine de Hollywood de los 50 que inspiró al autor, refiere a la fábrica de ilusiones. La música de Carmen Baliero buscó complicidades con los precarios horizontes de esas dos mujeres, distintas pero finalmente hermanadas en la frustración.
Pero una vez más, en este montaje de la obra de Puig se puso de manifiesto que no todas las mezclas decantan según pretende el alquimista. La elección de dos talentosas intérpretes como Dominique Sanda y Cristina Banegas no rindió lo que reclamaba el texto. En el caso de la actriz francesa, la dirección no logró valorizar su acento extranjero -como era dable esperar- convirtiendo ese rasgo en un plus dramático capaz de sumar a la idea de lo que implica la diferencia, en tanto dificultad para comprender al otro. En el esfuerzo por decir en un idioma que no es el propio, Sanda no logró comunicar naturalidad a las vivencias de su criatura. Sus réplicas sonaban a destiempo y declamativas.
Con el talento que se le conoce, Banegas se apropió con más convicción de la Paciente de clase media con pretensiones. En su composición, por momentos ligeramente disonante, aparece un arquetipo reconocible de mujer, autoritaria con quienes la sirven y vulnerable ante un destino que no puede conducir. Pero el buen desempeño de Banegas no es suficiente. El escenario no es un espacio de creación solitaria, como pueden serlo el taller del pintor o el escritorio del poeta. Es imprescindible la circulación de energía dramática entre los personajes y un compromiso corporal y emocional que transite por dentro y por fuera de los intérpretes. Una dinámica que esta vez no se produjo. Y no llegó, por tanto, a desentrañar el misterio.