 | Teatro en Madrid: “El viaje de ajo”, Teatro infantil para padres |
Salvador Enríquez
Quizá por razones de edad o por carecer de hijos (y de nietos por la misma razón) no suelo asistir a funciones de teatro para niños. Y no es que las veces que he acudido me haya sentido incómodo, todo lo contrario: me alegra ver a los chicos pendientes de lo que pasa en el escenario, “vivir” las situaciones y hasta tomar parte activa en el desarrollo de la trama. Pienso que pueden ser los futuros espectadores de un arte milenario del que siempre se dice que está en crisis y siempre se mantiene, gracias a la ilusión de muchos, como medio de reflexión, de diversión, de evasión y de comunicación.
Entre unos y otros, los espectadores y los creadores, se celebra ese rito que, en ocasiones, tiene “trampa”: por medio de la risa se llega a la reflexión o, como en el caso de “El viaje de Ajo”, por medio del teatro “para niños” se hace teatro “para padres”. Me explico: una función infantil que mientras divierte a los chicos hace, inevitablemente, meditar a los padres.
Este “Viaje de Ajo”, que se puede ver hasta fin de enero en la Sala Ensayo 100 (Raimundo Lulio, 20 – Madrid), es un trabajo de Ismael Moreno y Susana Sánchez, el primero uruguayo al que ya vimos en la misma sala con una excelente interpretación de “La monstrua”, y la segunda una joven autora española de la que conocemos algunos de sus textos premiados en determinados certámenes. Ellos se propusieron con este trabajo recordar que la imaginación es el mejor instrumento para viajar y que los padres y los niños necesitan disfrutar de una experiencia única: la de jugar juntos. Creo que lo han conseguido y muy bien.
En la historia, interpretada por Iñaki Santiago, Jorge Lorente y Ana Alonso, con música en directo de Hugo Vacas, tenemos a unos padres ocupadísimos: teléfono móvil negocios, urgencias, ausencias de casa… y a un niño que pasa las horas ante la televisión o los juegos electrónicos, sin entender ese loco ir y venir de su padre y de su madre. Un día el televisor estalla y ante el niño aparecen los objetos más cotidianos: escobas, frutas, cacerolas…que toman vida y juegan con él. Ahí está la magia de las marionetas, el teatro de sombras, los juegos malabares y la luz negra con sus espectaculares efectos.
En resumen: un simpático y acertado texto, muy bien dirigido, e interpretado con la gracia que requieren este tipo de espectáculos, lleno de dinamismo, música y encanto. A salir de la sala, inevitablemente, me pregunté: ¿qué habrán pensado los padres que llevaron a sus hijos al teatro? ¿No terminarán los niños llevando a los padres para que aprendan y reflexionen?
Nota: Salvador Enríquez
senriquez@worldonline.es
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