Juan Martins | www.TeatroMundial.com, Venezuela
«Arritmia» de Leonel Giacometto. Nos presenta una postura del humor que se construye en la manera que conduce el humor, desde el texto dramático. Es decir, desde aquellas condiciones que se permiten en el funcionamiento de lo que entiende el autor por comicidad El relato teatral nos hace reír. Es cierto, pero nos hace reír en el procedimiento de las escenas, en cómo se edifican las formas del humor contenidas en el lenguaje. Hasta ahora estamos tratando de decir de qué manera se nos hace espacio escénico, de qué manera se cubre el concepto de teatralidad: una situación que, en principio tiene carácter de denuncia social, se nos exhibe en una estructura sencilla de los parlamentos: dos mujeres de avanzada edad las cuales se hallan en un geriátrico a punto de un desenlace final: no sabrán si es la muerte o el suicidio lo que tienen como final. Lo que el dramaturgo propone lo hace después de todo por medio de estos personajes: es el texto quien sugiere en los diálogos, en aquella estructura de los parlamentos. No hay complejidad en el conflicto que acabo de indicar, sino en los clímax que se plantean como momento escénico que serán interpretados por el espectador como si se encontrará ante un melodrama convencional. Al presentarse la vida cotidiana de dos mujeres que poco tienen que decirse de la vida, pero que los recuerdos son a la vez los más preciado que les queda en la vida. Incluso, poco importa que sus recuerdos sean o no ciertos. Lo serán para la realidad que han constituido para ellas:
(...)
A2 (De repente):- Nunca hablamos así de nosotras. Siempre estamos aquí hablando. Pero nunca hablamos de nosotras.
Al:- ¿Sabe lo que pasa? Yo no soy de hablar mucho con la gente acá.
A2:- A mí me hablan y yo les contesto.
(...)
Han creado su realidad a modo de construir el poco espacio que les queda: la mentira es un modo de hallar su propia ficcionalidad. Pero en ellas tienen una explicación psicológica. Es una manera de imaginar su condición de ser. Es decir, pierden su identidad hasta que se recrean en valores sobrenaturales:
(...)
A2:- La Irma, mi vecina de pieza. Ella tiene una hernia “injinal” y yo se la acomodé.
Al:- ¿Usted?
A2:- Yo soy muy ducha con las manos. Si alguna vez me muero y vuelvo como la Teresa, a lo mejor podría curar. Acá haría falta... Lástima que usted no se murió. Seguro volvía poderosa.
(...)
Si consideramos la mentira como una manera de transgredir una realidad por otra, por aquella realidad que se estructura como una necesidad emotiva. Sucederá entonces que esa realidad se les va sustituyendo por un sistema de vida alterno. Y la construyen por medio del lenguaje. Como si lo que dialogan formara parte de un código que sólo ellas decodifican. Una realidad que se nos hace alteridad por esa ficcionalidad del lenguaje: lo otro, que está definido por medio del humor, se construye en ese juego de recuerdos, mentiras y emotividades que se exhibe en el parlamento. Poco afectará si lo que se relatan una a otra es cierto en el contexto que acontece. Lo importante es que es una realidad que se edifica sobre un juego con sus propias reglas de entendimiento y veracidad.
La veracidad, por su parte estará en la visión del espectador, en su imaginación. Porque este lector-espectador exclusivamente sabrá que está ante una ficción por la capacidad que tienen los personajes de mentir y de crear situaciones falsas de poca credibilidad. A partir de allí queda establecida la relación lúdica del texto. Lúdico porque se transgrede el sentido de la realidad donde viven los personajes. En ese momento, mediante situaciones jocosas y recursos humorísticos —algunas veces reiteradas—, el espectador se encuentra con el sentido de reflexión y el carácter de denuncia que tiene la propuesta: reflexionando en la risa, en el encuentro con el humor. De allí lo lúdico del drama, mejor dicho, de lo que se nos presenta como melodrama. Melodrama porque se exhiben los sentimientos mediante la manipulación de las emociones de dos mujeres de avanzada edad. Y sabemos que son de avanzada edad por que así lo presenta el carácter de los personajes y, alrededor de esos caracteres de la personalidad, es que se levanta el discurso: tenemos, por ejemplo, en nuestro contexto social, ese nivel del arquetipo de los personajes. De antemano reconocemos estos personajes por sus caracteres psicológicos. Pero aquí se invierte mediante la mentira, el juego, el sentimiento y la locura inclusive. Reconocemos la locura porque se presenta como una ruptura de las normas del comportamiento social y cómo se restituyen esos modelos de comportamiento. Aquí todo se transgrede. De alguna manera es un recurso dramático en el autor. Para éste, la comicidad otorga la técnica con la que se construye lo teatral. Lo que bien pueda tener la pieza de teatralidad y lo que se le legitima como teatralmente válido: una situación simple, aun en diálogos simples, pero dramatúrgicamente complejo puesto que hallamos en una pieza breve síntesis dramática en la actitud de asumir el parlamento. Y por supuesto, es una concepción de la comedia muy particular en Leonel Giacometto. Es su manera de artificiar su dramaturgia, desde lo que le exige su manera de hacer teatro. Porque lo que la hace una pieza constituida son precisamente esas condiciones del lenguaje. Es un ejercicio del drama como comedia y eso se legitima en la realidad del texto y en el proceso escritural como tal. Se legitima, además, en la composición de los signos y, posteriormente, cómo se ordenan para la representación. Y todo dramaturgo reconoce como suyo ese lugar de la representación.
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