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Photo by Ricardo Aguila

Por Nancy J. García

“... ya no habrá auroras, Magdalena...”
“... sientes la alegría y la tristeza multiplicadas...”
Ernesto García

El mundo es ese paraje árido y solitario donde huir de sí mismo pudiera ser un acto vital. La codicia, la ignorancia y el egoísmo son algunos de los escudos de sobrevivencia que remolca en su huída una criatura demasiado joven. La celadora del desierto tiene una vía de salvación para calmar la ansiedad y la angustia de la trashumante y decide transmitírsela: No hay manera de escapar de las propias acciones. Al miedo hay que inventarle otro rostro.


A pesar de las conquistas simbólicas y el lirismo que la palabra consigue en el texto y en el montaje de Ernesto García ni la celadora ni su discípula pueden deshacerse de los recuerdos. Magdalena se alimenta de sí misma. La celadora también, y lo único que puede entregar la maestra es un cierto orden para sus instintos. ¿Será ese el único valor de un presente desierto? ¿El pasado y el futuro de ambas mezclado en órbitas imprecisas, en símbolos abstractos?

Claro que todos los encuentros trascendentes entre dos seres son de vida o muerte. Como también el exilio puede tener, en cualquier encuentro, dos rostros. Uno de ellos, desierto. Claro que ese universo pretérito no tiene ningún sentido en el ahora, alineado como está a una jugada maestra del instinto.

La humanidad se ha castrado. Más allá, los celadores esperarán discípulos y harán lo posible por dosificarles los conocimientos. A ras del silencio, la longevidad no guardará palabras sanadoras. Valor y precio, parece renombrar el destino. No hay puertas que abrir ni caminos que caminar para una celadora que ha recorrido su mundo y dice que su “lengua y cabeza bastarán” ¿para inmortalizarse allí, tenuemente iluminada por las auroras del recuerdo de una gran ciudad mientras traga monedas y repasa su historia?

Pero hay un presente. Un desierto donde el sabio y el discípulo cuentan con poderes exclusivos que proyectan el final: una transfiguración de la palabra, una espera perenne, una búsqueda en círculos de un Grial allí, en el plano material de la desolación posapocalíptica.

En el desierto, los celadores esperan. Alguien vendrá y querrá pagar por escuchar un pasado. Un pasado de gente que vulgarizó su albor y corrompió para siempre la posibilidad de vivir en el paraíso. Un pasado único.

Y cuando el caminante aprenda la lección, matará. Ahora sin miedos. El que ha matado una vez matará dos veces —ahora consciente de la urgencia íntima de transmutarse al beber la sangre del maestro.

A veces, la vida se alimenta y perdura sólo cuando el miedo calla. Sólo cuando la sangre la ilumina.

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