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Photo by Ernesto Garcia

BY ANTONIO O. RODRIGUEZ
ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

Después de veinte años sin verse, Salvador, Antia y Martha acuden a una cita junto al malecón de una ciudad que se describe en ruinas y que bien podría ser La Habana. El tiempo ha transcurrido, pero los contradictorios sentimientos que los unieron son evocados de forma apasionada. A la manera del relato Rashomón, del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa, tres testigos narran en off sus versiones dispares de dicho encuentro, y únicamente coinciden en el asombroso desenlace de la reunión.

 

Al horizonte no se llega en una barca de papel, reciente estreno de Teatro en Miami Studio, podría leerse como una suerte de elogio o reivindicación del melodrama, un género frecuentemente vapuleado por su exacerbación de los conflictos sentimentales y las dolorosas emociones de los personajes, pero de indudable eficacia comunicativa y susceptible de renovación. Esa voluntad de estilo podría explicar que en la obra no falten ni el pathos exaltado, en generosas dosis; ni el tortuoso deambular de los protagonistas por sus conciencias ni el secreto sobre la paternidad guardado durante años y revelado, al fin, con la previsible anagnórisis.

El autor y director Ernesto García desdeña la progresión lineal y articula la consabida historia de amor y rivalidad como un atractivo ``rompecabezas impresionista'' que invita a reflexionar sobre planteamientos morales y filosóficos, como la ética de la pasión amorosa o la naturaleza del pasado (un territorio frágil y difícil de revisitar) y del futuro (un horizonte inalcanzable y portador de múltiples incógnitas).

Sin embargo, el deseo de apropiarse de elementos típicos del género que Peter Brook denominó ``una retórica del exceso'' (las colisiones del espíritu, los juicios morales, el arrepentimiento por los errores del pasado, la redención), con la voluntad de ponerlos en función de ideas novedosas, se ve lastrado aquí por un tratamiento del diálogo insatisfactorio, en el que prevalecen el exceso de adjetivos, la sintaxis rebuscada y los circunloquios.

La puesta ofrece una buena factura en el diseño escenográfico y el vestuario de imprecisa ubicación temporal. Hay que destacar especialmente la calidad de la iluminación, que consigue una atmósfera poética, por momentos casi irreal, sobre todo durante las fantasmagóricas apariciones de La Novia.

Sandra García y Grettel Trujillo desarrollan con efectividad el contraste sicológico y físico entre la ``turbia'' Antia y la ``dulce'' Martha, mientras Ariel Texidó entrega un Salvador indeciso y soñador, que choca con la imposibilidad de recuperar lo que pudo ser y no fue. Los intérpretes logran salir airosos de un tour de force que los obliga a batallar con un texto poco fluido y con personajes de quienes solo se conoce un fragmento de su pasado. Y también de una partitura escénica que les pide desempolvar --y recrear-- recursos histriónicos asociados con la escenificación del melodrama ``a la antigua usanza'' (por ejemplo, los desgarrados gritos de Martha y Salvador durante la evocación de su hijo muerto) y contrastarlos con pasajes de una expresión corporal propia de un lenguaje más contemporáneo.

El elenco se completa con Anniamary Martínez, quien asume con corrección el monólogo de La Novia (Antia joven); no obstante, su primera aparición ganaría en plasticidad si se prescindiera de las notorias varillas utilizadas para mover el velo. Lamentablemente, en las voces grabadas de los testigos --un elemento clave de la obra-- se echa de menos una mayor soltura e intencionalidad.

La delicada escena en que los protagonistas se sientan en el muro, silenciosos, a contemplar el mar, así como la posterior coda a bordo de la barca de papel, introducen un registro diferente, en el que se conjugan lo lúdico y lo metafórico. Algo que se agradece en la representación de una obra como esta, quizás demasiado recargada de amores tortuosos, culpas, celos..., y, sobre todo, de parlamentos enfáticos. •

 

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