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Por Max Barbosa para www.teatroenmiami.com

Es fascinante conocer un texto original para observar, después, su puesta en escena. No se trata de comparaciones- aunque es difícil evitarlo-, se trata de conocer hasta qué punto el director creó otra realidad a partir de aquel. Si vas a comer, espera por Virgilio, dirigida por Rolando Moreno, permite analizar ambos aspectos.


La obra en si misma es una camisa de fuerza para cualquier director debido a que es autobiográfica. José Milián la escribió a partir de sus recuerdos de aquellas imprescindibles tertulias con Virgilio Piñera en la que comer, sobre todo, era una excusa para sobrevivir ante desesperanzas, temores y soledades. Ambos se complementan. No hay un sólo bocadillo en que no se exprese este conflicto mediante la insinuación de situaciones socioculturales delicadas desde el inicio de las acciones. Pepe organiza un menú para Virgilio con alimentos (frijoles negros, arroz blanco, picadillos criollo, yuca con mojo y otras exquisiteces) que ya pertenecían al memorial del cubano de a pie. Moreno respetó la originalidad hasta que su punto de vista se lo permitió.

Por eso surge “Asere”- nombre que le adjudicamos porque así se dirige a Pepe-, uno de los personajes interpretados por Jorge Hernandez a través del desdoblamiento. Este se involucra en la intimidad de los protagonistas sin ton ni son, asumiendo bocadillos que no le pertenecen de una manera chabacana para interrumpir la cadena de pensamientos entre Virgilio y Pepe. Asere ameniza los momentos musicales de la cafetería del hotel Capri donde se desarrolla el acontecimiento. Quizás la intención de Rolando sea contextualizar mediante él la ausencia de privacidad en la Isla hoy en día. ¿Es tan importante su presencia? Sin embargo, Ella, también interpretado por Jorge, cumple su rol de punto de giro a pesar de sus movimientos hipernerviosos. La farsa también posee su lógica interna.

Gerardo Riverón en Virgilio y Ariel Texidó en Pepe demuestran su profesionalismo. A la función que asistimos Riverón “atropelló” algunos bocadillos, además de agregar otros (la referencia a Cárdenas y la palabra condominium) innecesariamente. No obstante, su Virgilo cumple el rol adecuadamente. Ariel es el Pepe que concibió Milián. Sus mejores momentos es cuando se encuentran solos, no así el juego que realizan al revolcarse por el suelo porque se pierden las intenciones del texto, independientemente de que esta acción sucede a un nivel inferior a la perspectiva del público.

Interesante la propuesta escenográfica, pero poco funcional. Una escalera a cada lado, hacia proscenio, colocadas verticalmente que no conducen a ningún lado. Virgilio y Pepe conversan sentados en ellas frente a frente. Hay que destacar que Moreno es excelente creando atmósferas de opresión. Baste recordar La casa de Marina o Frijoles colorados. A fondo un panel en forma triangular. Entre las escaleras y este, una especie de asiento con cuatro mecheros a su alrededor que al encenderse ofrecen la imagen de una iniciación ceremonial. Y así es. Pero el ruido en el sistema que producen las cadenas que sujetan las cucharas al comer los personajes, adheridas a cada lado de las escaleras, entorpece la comunicación entre los actores. Aclaramos: ocurrió cuando asistimos a la función.

Muy bueno el diseño de luces, uno de los logros de la puesta. Preciso, sugerente. En la emotividad del final las luces tienen un papel protagónico.

Si vas a comer, espera por Virgilio confirma que Miami es “la otra orilla” debido a la acogida por parte de los asistentes, mucho de ellos pertenecientes a otras nacionalidades.
Entonces, ¿por qué preocuparse por los abundantes intertextos si entienden el mensaje? Peter Broke lo dijo: “ El teatro es vida, pero no la vida misma.”

Sugerencia: le recomendamos leer la entrevista a José Milián

 

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