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Baltasar Santiago Martín  - Fundación APOGEO

Ir al teatro debería ser un acto placentero –para el disfrute estético o la catarsis reflexiva–, pero confieso que mientras veía en escena Si vas a comer espera por Virgilio me he sentido completamente masoquista, pues en esta puesta de Rolando Moreno del texto de José Milián, ni siquiera la excelencia de los tres actores que la protagonizan salva a la obra de ser una apología deprimente y asfixiante del destacado e innovador teatrista, como para salir corriendo a tomar un poco de ese “aire frío” que el propio Virgilio menciona en uno de sus parlamentos, y que es el título de una de sus obras de teatro más conocidas.

El personaje que interpreta el magnífico actor Jorge Hernández es una pesadilla surrealista, y me encantó cuando, como si me leyera el pensamiento, Virgilio le grita: “¡Sió!”, ante su verborrea incontenible y sus inquietantes “cantaletas” –que no canciones evocadoras, como en la puesta habanera, que sí utiliza una banda sonora grabada con los temas de la época en que transcurren las recurrentes comidas–

El excelente Gerardo Riverón hizo todo lo que el texto le posibilitó para encarnar a Virgilio con el amaneramiento que lo caracterizaba, mientras que Ariel Texidó brindó un pálido Milián, que me hizo desear en algunos momentos que pusiera a Virgilio en su sitio ante sus continuos desplantes, cosa que parece que nunca ocurrió en la vida real, por lo que hubiera sido una violación del texto y de la historia si Ariel se hubiera salido de sus líneas para “ubicar” a su venerado –y temido– “maestro”.

En resumen, un texto desigual, con destellos intermitentes de la ironía y la gran chispa del Virgilio original: “Estoy hablando en consignas revolucionarias; eso se pega”…; “el teatro del absurdo no es una moda europea” (ante la cantaleta de la mujer porque se le “colaron”); “en este país un intelectual en menos importante que un pelotero”; “es mejor ser un joven rebelde que una ‘vaca sagrada’”; “los mariconsaurios del Amadeo”; “los funcionarios van y vienen, ¿y mientras van?”; “ una guantanamera koljosiana”… “una polka-son”… “una Svetlana Garrigó”; “¿comer o no comer?: ¡Comer!”

Me hubiera gustado una escenografía más realista, evocadora de la cancha de la cafetería del Capri donde trascurrieron esas comidas “piñerianas”, y considero que los cubiertos encadenados –¿referencia-homenaje al film Alicia en el pueblo de Maravillas? –están de más, porque no juegan con el momentum y contribuyen a hacer mucho más opresiva la escena.

Puedo entender la compulsión de Milián por recrear sus comidas con Virgilio en la cafetería del hotel Capri, y hasta su comprensiva “idealización” del autor de Dos viejos pánicos, pero me cuesta trabajo aceptar que dos teatristas de nueva generación –uno en La Habana y otro en Miami– hayan sucumbido a revivir esta obra, como si no hubieran otros temas más amenos y novedosos que representar, y como si el surrealista almuerzo lezamiano de Fresa y chocolate no hubiera sido suficiente.

Ya lo dijo Máximo Gómez de nosotros: “Los cubanos, o no llegamos, o nos pasamos”, y en el caso del teatro que nos ocupa, nos requetepasamos, pues tal parece que no tenemos otros personajes en el panteón cultural nacional que Lezama y Virgilio, haciendo buena la expresión de este último sobre “la maldita circunstancia”, que parafraseo a “obsesiva” para no convocar al Diablo.

“Del ostracismo a la omnipresencia”, pudiera haberse titulado también esta reseña, que les confieso que estoy escribiendo pensando en la fábula del rey desnudo, porque la sacralización de estas dos importantes figuras de la cultura nacional ha llegado a tal punto, que hasta fuera de las tablas el mencionarlos con veneración se ha convertido en un lugar común, aunque el venerante no se haya leído nunca Paradiso ni haya visto Electra Garrigó ni en ballet, cosa que hasta el propio texto de Milián reconoce cuando su personaje le dice al de Jorge sobre Virgilio: “él no tiene que citar a Lezama Lima; le sobran las ideas” (hubiera sido el colmo).

No se trata de quitarles su mérito, sino de bajarlos de esos “altaritos” en que tanto seudointelectual los ha situado, porque está ya mucho más que probado el daño que le ha hecho a la salud del alma nacional la ciega exaltación de determinados personajes, y el habernos andado con tantos pañitos tibios en vez de haber tomado al toro por los cuernos, de lo cual Virgilio y Lezama fueron también notables víctimas, por lo que una teatralización de la reunión en la Biblioteca Nacional donde Virgilio le espetó su miedo a Fidel sería muy interesante; al final de cuentas no es tan importante el qué sino el cómo.

 

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