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Por Angel Cuadra - Diario Las Américas
photo by Ernesto Garcia

Injertar es implantar en un cuerpo o en una planta partes de otro cuerpo o de otra planta; en el caso de los vegetales, al adherir una rama en otro vegetal resulta una variedad, un nuevo producto. Esta visión alegórica me viene a mano al asistir a la puesta en escena de la obra “La última parada”, que está presentándose en la modesta y acogedora sala Teatro en Miami Studio, en una coproducción de las entidades Maroma Players y Creation Art Center, concertadas para ofrecer al público miamense esta pieza de peculiar hibridez, concebida y llevada a efecto por Rolando Moreno, director de “La última parada” y autor del texto. Lo que el teatro, como actividad literaria y visión de la vida, tiene de intemporal, permite que situaciones planteadas en distintos espacios y tiempos, se repitan con similitudes y variantes, y asuntos recibidos y presentados en el lejano ayer, pueden presentarse –más bien “re-presentarse”- en el presente, con una nueva posibilidad dramática. De ahí esta osadía mía de llamar injerto a esta posibilidad aquí del teatro. Y existen varios casos en los que se parte de un tema de la antigua tragedia greco-latina, por ejemplo, adaptándola a una situación actual, a la que sirve de soporte.

En el caso de “La última parada”, Rolando Moreno ha ido más allá. En las notas al programa el propio autor señala la conocida obra de Tennessee Williams “Un tranvía llamado Deseo”, como pieza de referencia dramática. Pero, en este caso, la obra de Williams es la que parece insertar algunas de sus ramas (véase lo atinado de llamarle injerto) sobre el asunto dramático en cuestión.

En “La última parada” el asunto se desarrolla en Cuba, a finales de la década del 70. Escindido el país en dos generaciones y, mejor aún, en dos distintos estamentos sociopolíticos, en los que ha dividido lamentablemente la sociedad y la familia cubana, el régimen totalitario y foráneo, impuesto en el país; dos actitudes ante la vida: Laurel, joven intelectual, alcohólico y homosexual, parte de una familia acomodada ayer, y Francisco, individuo inculto, miliciano, grosero y violento, producto de la llamada revolución, de la que el mismo es un fanático, el “hombre nuevo” del nuevo orden social. Esta contraposición tenía que desatar la furia, el atropello y menosprecio de Francisco contra Laurel, y una inesperada relación íntima surge entre ambos en un momento confuso y violento de encontrados sentimientos.

Esta dualidad polarizada, el autor de la obra “La última parada” intenta relacionarla con los personajes Blanche Dubois y Kolaski (no recuerdo bien el nombre exacto) de la citada obra “Un tranvía llamado Deseo”; este personaje tosco, violento y primitivo, odia y rechaza el refinamiento y la sofisticada exquisitez, en el límite de la locura, de Blanche Dubois, la cual evade la realidad por las vías del alcohol y la fantasía.

Blanche Dubois es Laurel y Kolaski es Francisco en la obra de Rolando Moreno. La hermana de Laurel, Felicia, se ha casado con el vulgar Francisco, insertándose, por la pasión amoroso-sexual, en el mundo cotidiano y sórdido de los revolucionarios de baja escala y ceguera militante.

El mundo que la obra presenta es el de la súbita pérdida de los valores tradicionales cubanos, sin escala moral en sus nuevos retoños surgidos bajo la revolución. El desafuero sexual, con ostentación y sin pudor, matiza la atmósfera cotidiana en el ámbito circundante de la casucha convertida en Comité de Defensa de la Revolución. Fruto de la nueva cosecha social, Lazarito y Odalis, jóvenes adolescentes, escenifican situaciones de sensualidad en público, y aparecen a veces en esa actividad en apartados de la escena principal, como dando la tónica de ese “nuevo tranvía”, dígase sitial “llamado deseo”.

La madre de Odalis, Petra, revolucionaria de última hora, aún con cierto rezago de moral convencional, no puede controlar los desafueros de su hija Odalis, ya embarazada por el libertinaje ambiental, del que participa con su novio Lazarito.

Narciso, personaje de puente intermediario, noble y fascinado por el exquisito refinamiento de Laurel –allí “rara avis” del pasado- nos recuerda a un joven de la obra de Williams, que está fascinado por el hechizo de Blanche Dubois.

En fin, Laurel, que ha huido de La Habana para ir a refugiarse en casa de su hermana Felicia, en un pueblo del oriente cubano, en supuesta espera de su salida del país, al fin se le descubre que había sido un confinado en el campo de concentración conocido por UMAP, como elemento antisocial. En el paroxismo de su enajenación, Laurel termina por ser llevado a un hospital de dementes.

Muy bien Vivian Ruiz en el personaje de Petra, activista del Comité, con un desenfado “cubaneo”, propio de la gente de bajo nivel social y cultural.

Felicia, a cargo de Gelet Martínez, se desenvuelve bien en el doble conflicto de su hermano Laurel y su esposo Francisco, ella víctima complacida en un mundo nuevo y anonadante.

Luis Celorio, en Narciso, el amigo fascinado de Laurel, es el eje de equilibrio, bien logrado por este actor, entre el choque de Laurel con su también amigo Francisco.

Aceptables Pedro Peraza y María Carla Rivero, como Lazarito y Odalis respectivamente.

Laurel, el personaje central, lo interpreta Joel Sotolongo. Hace una loable labor, arduo trabajo, en ese individuo sofisticado, fuera de órbita en el mundo en que está atrapado; ni puede salirse de éste, ni puede renunciar a ser él mismo, lógicamente enajenado. Estimo que estuvo muy bien, pero creo también que a veces exagera el perfil del personaje.

Carlos Manuel Caballero, en el grosero y violento personaje de Francisco, estimo que fue el papel mejor logrado del elenco.

Rolando Moreno, siempre presenta un espectáculo de calidad. Es loable cómo inserta la problemática cubana aún en temas intemporales de notables autores. En el injerto dramático de “La última parada” también. Aunque estimo que aquí –como ya señalaré- no es la obra de Tennessee Williams el soporte o tronco, sino que en elementos específicos, es ésta la que se refleja en el cuerpo principal de una situación cubana. Nuestra obra pudiera desarrollarse perfectamente sin adición ajena, eficazmente. La alusión a “Un tranvía llamado Deseo”, surge de las notas al programa, y así enlazada a la sugerencia del “tranvía”, adquiere La “parada” un alcance extra en la imaginación del público asistente. (La obra estará en cartel hasta el 14 de febrero próximo)

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