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Por Luis de la Paz - Diario Las Américas

Un tranvía llamado deseo, obra del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams (1911-1983), es el motor impulsor para La última parada, libre versión, recreada y tropicalizada por Rolando Moreno de la conocida pieza, en una producción de Maroma Players y Creation Art Center. Esta es la segunda vez que Moreno incursiona en los escenarios de Miami con esta propuesta. En el 2001 tuvo un resonante éxito, que sin duda en esta ocasión repetirá. El conflicto básico es el choque de dos realidades antagónicas. Williams sitúa a la profesora Blanche DuBois, a su llegada, tras perder la casa familiar, a un barrio obrero de Nueva Orleáns donde vive su hermana Stella, mientras Moreno traslada la misma situación a Caimanera, Cuba, en los años 1970, tras el fracaso de la zafra azucarera de los 10 millones.

El experimentado director Rolando Moreno, que es también un verdadero maestro escenógrafo, le saca partido al pequeño escenario de Teatro en Miami Studio, para lograr el sórdido ambiente de un antiguo prostíbulo, derruido y paupérrimo, donde conviven varias familias integradas a la revolución castrista. Petra, que maneja a sus anchas la actriz Vivian Ruiz, es la presidenta del comité de vigilancia, viuda de un machetero héroe del trabajo. Con ella vive su hija adolescente, Odalis, que interpreta María Carla Rivero, con la frescura que demanda su personaje.

Otro de los ocupantes de la otrora casa de citas es Francisco, papel que retoma de su versión anterior Carlos Caballero, en esta oportunidad, con más bríos y energía. Francisco (Stanley Kowalski en Un tranvía...), es un ser brutal y primitivo que se ha casado con Felicia, joven habanera que buscó refugio en la campaña de alfabetización para escapar del control familiar y de su casa. Gelet Martínez caracteriza plenamente a este personaje, con dominio escénico, demostrando plenamente sus habilidades como actriz dramática, aun cuando comenzó algo desorientada la noche del estreno.

En medio de ese submundo está Laurel, papel en el que se crece Joel Sotolongo, la Blanche Dubois de Williams, un ser desarmado, inseguro, fuera de la realidad, alcohólico y homosexual, que a su arribo al inhóspito lugar en busca de la protección y el apoyo de su hermana, tropieza con un mundo de vulgaridad al que no está acostumbrado, donde la excepción podría ser Narciso, que vive en el vecindario, trabajo que toma vuelo con el actor Luis Celeiro. Alguien más que ronda el inmueble es Lazarito, trámite que ejecuta bien Leandro Peraza, novio oculto de la hija de Petra.

No siempre es conveniente (ni necesario) hacer un paralelismo entre dos puesta en escena, más cuando ha mediado casi un década de por medio, pero se resiente en ésta el encantador regodeo de la mitomanía cinéfila de Laurel y Felicia, que tanto impacto causó en el 2001, pero que en esta nueva presentación apenas se insinúa en una ocasión. Lo mismo ocurre con los encuentros físicos entre los personajes. Por un lado resultan muy contenidos y por el otro intempestivos, incluso hasta inexplicables, pues aquellas bestias humanas de repente violan al traumatizado Laurel.

En conjunto Moreno logra una propuesta armónica, donde sobresale la interacción actoral, diciendo un texto que retrata momentos de la vida de los cubanos. Y así es como hay que ver esta obra, como una visión del infierno cubano, no como una reencarnación de un Tranvía llamado deseo. Una propuesta que, aunque estamos en enero, ya puede señalarse como uno de los más memorables espectáculos del año.

La última parada
Teatro en Miami Studio
2500 SW Calle 8, Miami
Segundo piso
Tel. 305 551-7473
Viernes y sábado 8:30 pm
Domingo 3 pm

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