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Yoshvani Medina - Facebook

Descubrí la poesía escénica de Rolando Moreno a principios del 2008, cuando vi su puesta de “Lorca con un vestido verde”, de Nilo Cruz, en el Teatro 8 de Miami. Recuerdo que salí afuera en el entreacto y me puse a hablar con un señor alto y elegante, con coleta, le dije todo el bien que pensaba de la obra, sin saber quién la había dirigido, cuando me reveló que era una puesta suya le confesé entusiasmado: “Es lo mejor que he visto en Miami”; me respondió sin entusiasmo: “Ser el mejor de Miami no es un elogio”.

El año pasado me perdí sus dos espectáculos: “Alma de Cuba”, que se quedó varias semanas en cartelera, y “La visita de la vieja dama”, de Friedrich Dürrenmatt, del que se dicen maravillas.

Fue en medio de una dinámica de éxito que Rolando Moreno estrenó “La última parada”, en Teatro en Miami Studio, la semana pasada.

La obra está anunciada como una adaptación de “Un tranvía llamado Deseo”, de Tennessee Williams, y en realidad lo es, se trata de una adaptación dramatúrgica muy interesante, con aciertos y deslices.

Las adaptaciones no son un buen ejemplo para medir el talento creativo de un dramaturgo, pero permiten medir su oficio.

Los diálogos de la obra suenan justos, aunque a veces el adaptador no se limitó a escribir lo estrictamente teatral y teatralizable, sobre todo en las escenas de exposición.

La historia de Ciso-Narciso da fe de las enormes posibilidades como dramaturgo de Rolando Moreno, que sin dudas debe tener algo totalmente original cosiéndose en el horno de los milagros.

Tennessee Williams tenía un don genial para titular sus obras (Un tranvía llamado Deseo, La noche de la iguana, La gata sobre el tejado de zinc caliente), “La última parada” a pesar de su deliciosa connotación polisémica, no sugiere de manera inolvidable este universo ambiguo y violentamente sensual.

Sin embargo, este universo Rolando Moreno lo resuelve con poesía y silencios, sugiriendo, insinuando…

Dice Rolando, en el programa de la obra, que el tema de “La última parada”, tanto como el de “Un tranvía llamado Deseo” es el enfrentamiento de dos culturas.

Yo me permito disentir, con el enorme respeto que Rolando inspira y merece, para decir que tanto en la obra original como en la adaptación, este choque de culturas no es más que un pretexto para hablar del ser humano y sus más terribles pulsiones.

Creo que tratar de poner en resonancia los detalles de la sociedad cubana de aquella época con las interioridades psicológicas de la obra de Tennessee Williams fue una pérdida de tiempo.

La brillantez de “La última parada” radica en su carga evocadora, en la magistral manera en que el puestista Rolando Moreno baraja las cartas del deseo, la neurosis y la soledad, en un espacio exiguo que se revela intemporal y universal, en franco contrapunto con el localismo que pretende el adaptador.

La fuerza de “La última parada” se halla en el tino preciso y omnisciente del director de actores Rolando Moreno, que logra un balance tanto en el desempeño individual de sus talentos, como en el tono de un espectáculo que se apoya en el motor más genuino que se pueda concebir para la escena: el que emana de las mismísimas tripas de sus intérpretes.

Joel Sotolongo está sublime en su Laurel-Blanche etéreo y recóndito, que entrega a ritmo de prontitudes y desaceleraciones, de gestos exactos, dibujados en el espacio con un determinado punto de salida, una trayectoria inalterable y un meticuloso punto de llegada.

Joel toma el peso de la obra y se lo echa encima, pesándola, encimándola, tomándola en peso, hasta verla levitar como la isla que versara el poeta.

Carlos Caballero planta un Pancho-Kowalski con el ímpetu que requiere el polaco-americano más famoso del repertorio.

Sin embargo, faltó un ingrediente vital en ese personaje: la impaciencia, la desesperación que lo inunda a medida que pasan los meses y Blanche-Laurel sigue en su casa.

Sin ese elemento clave, la interpretación de Carlos tiene que lidiar con el peligro de las embestidas demasiado frontales, previsibles.

Un ojo ducho, que sopesara las alternativas, no podría negar que Carlos Caballero termina por convencer en un registro donde tantos otros se han roto los dientes.

Gelet Martínez parece una actriz diferente a la que apareció en “El Super”, esta vez se siente que ha sido dirigida, llevada por un camino pre-determinado por Moreno, y su organicidad la ayuda a responder en los momentos más delicados de su interpretación.

Esta vez Gelet lleva sus emociones al nivel del sentimiento, sin hacer escala en el piso del sentimentalismo, lo que le proporciona mucho más espesor a su trabajo.

Su fraseo, preciso y fluido, lleva implícita una música que la hace sonar veraz, asistiéndola en el sorteo de los obstáculos en los momentos de discusión y crescendo.

La escena erótica sobre la silla, en la que Fela hace el amor con Pancho sin quitarse la ropa, fue un momento que no me creí, que no funcionó, que pedía a gritos otro tratamiento, otra luz, otra manera de entregarse, de (des) vestirse.

Vivian Ruiz vuelve a demostrar que es una excelente actriz de teatro.

Creativa y espontánea, se inventó un acento de ninguna parte que puede compaginar en cada campiña cubana; sus desplazamientos escénicos son saetas que se esbozan en el espacio, con la precisa dificultad concebida para la edad del personaje.

Vivian Ruiz tiene una vis cómica demoledora, su presencia aporta luz y activa la progresión de cualquier espectáculo, en cualesquiera de los vectores que desee un director, y Moreno lo sabe, lo sabe tan bien que deja el personaje de Vivian un poquito más de lo debido en la primera escena con… Laurel (“ya sabía yo que era el nombre de una mata”), pero se comprende el gesto del director: una actriz así da ganas de tenerla en escena eternamente.

Fue una grata sorpresa ver a Luis Celeiro resolver con desenvoltura el personaje de Mitch-Ciso.

Cuando se percibe a un actor resolviendo con facilidad las cosas más difíciles, se tiene la impresión de que el arte de la interpretación es fácil.

Celeiro matiza, resuena, oculta, insinúa, otea, ase y desase, hace y deshace, y a sus manos nunca llega la mínima crispación.

Es un actor de su centro, de su pulso, de su respiración, en fin, de todo lo que no se ve, su maquinaria teatral opera como una enfermedad progresiva, letal, que deja en el espectador un sabor leve, contundente, definitivo.

Por su parte el joven Leandro Peraza es un arma de seducción masiva, que tira en todas direcciones, sobre todo el que se le ponga delante.

Leandro demostró que en teatro no hay papel pequeño, que un buen actor sólo demanda actividad y no necesariamente largos textos.

La tarea de Leandro era tan pragmática como la de un asesino a sueldo: incendiar cada esquina del escenario que le indicara el director.

Los cuerpos de Leandro y María Carla Rivero se funden constantes, febriles, despidiendo un perfume lujurioso que flota todo el tiempo sobre la cabeza de los espectadores, contaminando cada articulación de la puesta en escena, cada músculo del cuerpo del deseo que Moreno concibe a la justa medida de los ojos que desde la platea lo desnudan.

La disposición escenográfica de “La última parada” (concebida y realizada por la misma mano que urdió el texto y la puesta), es una verdadera lección de proxémica, donde se combinan los niveles, los planos y las transparencias, haciéndonos cambiar de locación sin mudarnos de lugar.

Exquisito e inspirado, Rolando Moreno reina en su teatro, a golpe de imaginación y de proyectos ambiciosos, su propiedad se extiende hasta el proscenio del horizonte, y en sus manos parece frotar el ánfora del que saldrá el hermoso teatro de los años que vienen.

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