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Por Eddy Díaz Souza - http://artedfactus.wordpress.com

En 1948 Tennessee Williams (1911-1983) recibe el Premio Pulitzer de Teatro por su obra A streetcar named Desire, pieza que debutó un año antes en los escenarios de Broadway y que logró mantenerse en cartelera hasta 1949. Su debut en la gran pantalla ocurrió en 1951, bajo la dirección de Elia Kazan, y las actuaciones de Vivian Leigh y Marlon Brando. Desde entonces, la obra no ha dejado de seducir a directores y espectadores de todo el mundo. Para muestra, el reciente estreno de La última parada, espectáculo de Rolando Moreno, inspirado en Un tranvía… photo by Ernesto GarciaPrecisemos antes que la parada ha sido desplazada en tiempo y espacio. La trama se desentiende de la arquitectura de Nueva Orleans, para reconstruir y producir ahora otras lecturas y denuncias, desde el escenario de la provincia cubana, hacia finales de 1970.

Los personajes se han mudado a una casa de vecindad, que fuera antes animado burdel. Conservan, eso sí, sus rasgos psicológicos, sus apariencias y contradicciones, aun bajo otros nombres. La transformación más radical la experimenta Blanche DuBois, que pasa a ser un tímido joven, maestro y alcohólico como ella. Su nombre, Laurel, evoca aquel pueblo del que huye Blanche, luego de perder la plantación y de ser expulsada de la escuela. Este cambio, de Blanche a Laurel, es introducido por Moreno con el interés de recrear la situación política y social que se vive en Cuba, el entusiasmo de los primeros años de Revolución, los alcances de la alfabetización y de la zafra de los diez millones, pero, sobre todo, para exponer las secuelas de la implantación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción – UMAP. En este contexto hace su entrada Laurel SansFeuilles (Laurel Sin Hojas), desorientado, abatido, frágil, como Blanche DuBois.

El director selecciona una imagen de carga sexual para recibir a Laurel. La escena tiene lugar tras una columna de muebles deshechos, entre un joven, medianamente desnudo, y una chica. El recurso genera, primeramente, un choque visual; luego, un sabor grotesco. La atmósfera pudo haberse redimensionado con una formulación erótica que, si bien parece la propuesta inicial del director, se diluye en la resolución escénica.

La escenografía es un puzle de elementos que encajan por obra y gracia de la cubanidad. Y gracias también al acertado criterio con que Moreno y Luis Celeiro, distribuyen las pocas piezas sobre las tablas: un rico collage de rejas y maderas, como un tapete, simulando la pared de fondo; más al centro, plataforma con una mesa y dos o tres sillas; al extremo izquierdo, una mampara y, hacia proscenio, la cama.

La iluminación es cálida y precisa. Pero los personajes no se encuentran. Los actores discurren por distintos planos de actuación y cada enfoque divorcia a un personaje de otro. Vivian Ruiz recurre a artilugios del bufo para diseñar a Petra, la viuda del «héroe» que muere infartado en plena zafra de los 10 millones. Carlos Manuel Caballero, impone tonos demasiado altos y le insufla a Francisco, un carácter casi trágico. Joel Sotolongo, más en la cuerda cinematográfica, elabora una cuidada partitura de gestos mínimos. También su voz se recorta, se minimiza, casi se resume a un murmullo. El procedimiento resulta efectivo en ciertos momentos, pero no todo el tiempo.

Luis Celeiro aprovecha cada línea de su Narciso. Destaca lo humano, la orfandad y sensibilidad del personaje, recortado por una sociedad de códigos machistas y homofóbicos. El actor vuelve a sobresalir en La última parada, como una vez lo hiciera en Té y simpatía, ambas puestas conectadas por el eje temático. Gelet Martínez, en el rol de Felicia, le imprime al personaje una fresca apariencia, vitalidad y sensualidad. Otros desempeños meritorios: María Carla Rivero, en Odalis, y Leandro Peraza como Lazarito.

Afirma Rolando Moreno que la versión actual —a diferencia de la presentada en 2001—, concentra la trama en un acto, incluye nuevos personajes y desecha los pasajes costumbristas. Pero el talón de Aquiles de su propuesta radica, precisamente, en la dramaturgia. La poda del texto quebranta el desarrollo lógico de algunas escenas. Discursos clave, como la confesión de la pérdida de la casa en boca de Laurel, su denuncia de los atropellos en la UMAP e, incluso, su locura, podrían parecer eventos precipitados y caprichosos.

Si bien la edición del texto no es del todo afortunada, sí lo es la inclusión de parlamentos creados por Moreno; líneas donde prevalece el ingenio y humor cubano, la agudeza e ironía del creador, y los giros desgarrados y poéticos… De haber seguido su instinto, Blanche DuBois se hubiera contaminado con su verbo y el resultado habría respaldado eficazmente su propósito. Sin embargo, Moreno no consigue desprenderse de Blanche: se mantiene fiel a su psicología, a su universo, y apenas introduce leves variaciones. Tampoco logra el actor, con la materia disponible, dar vida a ese joven cubano de apellido francés, Laurel SansFeuilles, burgués refinado, profesor de Literatura, homosexual y víctima de la parametración.

Con esta puesta, Moreno pone el dedo sobre un tema y un periodo de la historia cubana poco explorados en nuestra literatura dramática y en nuestra escena. Esta mirada al decenio oscuro, devela injusticias que aún hoy permanecen silenciadas.

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Obra: La última parada
(A partir de A streetcar named Desire de Tennessee Williams)
Versión y puesta en escena de Rolando Moreno
Agrupaciones: Maroma Player y Creation Art Center
Sala: Teatro en Miami Studio
Temporada: Del 8 de enero al 14 de febrero de 2010.

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