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By ANTONIO O. RODRIGUEZ
Especial/El Nuevo Herald

`LA ULTIMA PARADA' ES UNA APUESTA ARRIESGADA QUE AL FINAL NO ALCANZA A LOGRAR EL EFECTO DE LA OBRA ORIGINAL

En los últimos años, Rolando Moreno ha sorprendido al público con creativas adaptaciones de clásicos de la dramaturgia universal. Tanto su El médico a palos en clave de teatro bufo como la versión cubanizada de La visita de la vieja dama resultaron puestas efectivas. La última parada, versión libre de Un tranvía llamado Deseo, constituye un antecedente dentro esa línea de trabajo, ya que fue estrenada en 2001. Ahora, la reposición remozada que Maroma Players y Creation Art Center presentan en la sala de Teatro en Miami Studio permite apreciar esta arriesgada apuesta, que traslada la trama y los personajes de Tennessee Williams al pueblo de Caimanera en la Cuba de 1970. Photo by Ernesto GarciaLa premisa de transformar a la legendaria Blanche DuBois en Laurel, un delicado profesor homosexual de literatura, alcohólico, amante de la Callas y del olor de las camisas del proletariado, resulta tan atractiva como difícil de materializar con organicidad (Laurel era el nombre del pueblo de los DuBois). Moreno resuelve de forma convincente un importante obstáculo dramatúrgico: las razones de la ``caída'' de su protagonista. Mantiene la alusión al suicidio de un adorable joven gay (obviamente, no el esposo de Laurel, sino el alumno con el que este tuvo amores), pero su inestabilidad psíquica es resultado, sobre todo, de su traumática experiencia como prisionero en las ``unidades militares de ayuda a la producción'' (UMAP), eufemística denominación acuñada por el gobierno cubano para sus campos de trabajo forzado. Sin embargo, tanto a nivel textual como en su plasmación escénica, la concepción de Laurel introduce una nota discordante por su apego al modelo original.

Mientras la mayoría de los parlamentos de los personajes de la obra original han sido ``traducidos'' con acierto al habla popular cubana, Laurel se mantiene, buena parte del tiempo, extraña e incongruentemente apegado a la sintaxis y el vocabulario creados por Tennessee Williams en 1947. Moreno pudo haber reformulado el discurso verbal del protagonista, volcándolo en una ``norma lingüística culta cubana'', pero prefirió un contrapunteo intertextual (el contraste entre el realismo psicológico y el cuadro de costumbres) que resta credibilidad a su revisión del personaje y del drama. La adaptación descuida otros aspectos composicionales: por ejemplo, la interacción Laurel-Pancho demandaba antecedentes que prepararan la agresión sexual, y el vínculo Laurel-Ciso requería variantes para justificarlo mejor en el nuevo entorno. Detalles como la bata de baño roja (insólito regalo de una esposa cubana a un marido guajiro, machista y energúmeno) o la tiara resultan poco afortunados, porque pareciera pretenderse que los tomemos en serio. Y es que en el montaje se echan de menos elementos por los que Moreno tiene afinidad, como lo paródico, el subrayado irónico y la apropiación del kitsch, que habrían aportado matices enriquecedores a su lectura del Tranvía.

El espectáculo tiene la buena factura que caracteriza al director, pero no alcanza la coherencia artística y conceptual de otras creaciones suyas. La noche del estreno, en el elenco sobresalieron Luis Celeiro, quien se esmeró por sacar adelante a un Ciso plausible, y Carlos Miguel Caballero con un Pancho orgánico y enérgico, que ganaría si redujera los explícitos toqueteos en las axilas y la portañuela. Tras una arrancada algo mecánica, Gelet Martínez logró un desempeño convincente. Vivian Ruiz, Leandro Peraza, María Carla Rivero y Ricardo Ponte cumplieron sus cometidos.

Joel Sotolongo es un actor competente y con gran potencial, pero lo que dice su Laurel y cómo lo dice, así como la expresión corporal concebida para el personaje, representan retos difíciles de vencer. Sotolongo realizó un esfuerzo mayúsculo por creer en esta Blanche DuBois rediviva como hombre gay y por hacerla creíble para el público, pero uno tiene la impresión de que no lo consigue del todo. Lo cual resulta, hasta cierto punto, comprensible; no es cosa de juego tratar de convertir en guagua a un tranvía. •

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